jueves, 17 de septiembre de 2026


 Ah, la televisión mexicana: esa fábrica inagotable de miradas desorbitadas y discursos morales dictados desde cabinas con aire acondicionado.


Resulta que ahora nos enteramos —cortesía de Azucena Uresti y su mesa de iluminados en Fórmula— de que el mexicano está sobrevalorado. ¡Caramba, qué revelación! Qué alivio que alguien por fin se haya tomado la molestia de bajar de su pedestal mediático para pasarle basculita al alma del pueblo.

El argumento es de una sofisticación intelectual deslumbrante: resulta que no somos tan solidarios, ni tan generosos, ni tan picudos. ¿Y cómo lo sabe? Ah, porque ella lo ha visto con las madres buscadoras, con las víctimas del delito, con los migrantes. ¡Por favor! Utilizar las tragedias más dolorosas de un país roto —tragedias causadas por la impunidad del Estado y la indolencia de las élites que ella misma entrevista todas las mañanas— para culpar al ciudadano de a pie de "falta de empatía" no es análisis sociológico; es la forma más vil, perezosa y cobarde de lavarse las manos.

Dicen que "nos da terror la muerte" y que "nos queremos disociar". ¡Pues claro que nos da terror la muerte, genia! La muerte real, la que llega en un taxi no rotulado o en un fuego cruzado, da terror en cualquier pinche rincón del planeta. El humor negro, las calaveritas y el tequila no son una negación del miedo; son la única anestesia que le queda a un pueblo que no puede pagarse un terapeuta ni una camioneta blindada con escoltas.

Lo que Azucena llama "sobrevaloración" no es más que la supervivencia diaria de un país que se mantiene en pie a pesar de sus gobernantes, de sus instituciones de plastilina y de sus comunicadores de utilería. El mexicano promedio comparte el pan no porque le sobre, sino porque sabe perfectamente lo que es no tener nada. La solidaridad en México no se mide en el estudio de radio donde te sirven café caliente entre comercial y comercial; se mide en las palas de los vecinos quitando escombros cuando el suelo se traga la ciudad y las autoridades todavía están decidiendo a qué comité asignarle el presupuesto.

Pero claro, es muy cómodo confundir la apatía con el agotamiento. El mexicano no dejó de ser solidario; el mexicano está exprimido, cansado y cansado de estar cansado. Que una élite con micrófono venga a diagnosticar que el pueblo "ya no es lo que era" es el chiste más involuntario del año. No estamos sobrevalorados, Azucena; estamos sobrecargados. Y la única disociación real aquí es la que hay entre tu cabina de cristal y la calle.

Una cosa es cuestionar los mitos nacionales.

Otra muy distinta es confundir los defectos de una sociedad con la ausencia de sus virtudes.

¿Quién acompaña a las madres buscadoras?

Voluntarios.

¿Quién lleva comida a los migrantes?

Voluntarios.

¿Quién recauda dinero para tratamientos médicos?

Voluntarios.

¿Quién organiza centros de acopio cuando hay un desastre?

Voluntarios.

¿Quién rescata perros, gatos, tortugas y hasta burros abandonados?

Voluntarios.

Y esos voluntarios, hasta donde sabemos, no llegaron de Marte.

Son mexicanos.

La crítica parte de una idea extraña: si fuéramos realmente solidarios, no existiría el abandono.

Pero bajo ese criterio ningún pueblo de la historia ha sido solidario jamás.

No los japoneses.

No los suecos.

No los canadienses.

No los noruegos.

Ninguna sociedad humana ha eliminado el sufrimiento, la indiferencia o el egoísmo.

La solidaridad no se mide por la ausencia de problemas.

Se mide por la respuesta frente a ellos.

Y ahí México tiene bastante evidencia a su favor.

Los terremotos son el ejemplo más visible.

El Estado apenas comienza a reaccionar y ya hay miles de personas removiendo escombros, organizando víveres y compartiendo recursos.

No porque alguien los obligue.

No porque haya una recompensa.

No porque estén construyendo una marca personal en redes.

Lo hacen porque sienten que deben hacerlo.

Eso tiene nombre.

Y ese nombre es solidaridad.

Lo curioso es que cuando un mexicano ayuda a otro mexicano se dice que es una excepción.

Pero cuando un mexicano es indiferente se dice que representa a todo el país.

Es una forma muy peculiar de llevar la contabilidad moral.

Los actos nobles son casos aislados.

Los actos miserables son evidencia concluyente.

Las virtudes cuentan por uno.

Los defectos cuentan por millones.

Así cualquiera demuestra cualquier cosa.

Además existe algo profundamente extraño en cierta élite mediática.

Durante décadas nos dijeron que no debíamos generalizar.

Que no podíamos juzgar a grupos enteros por las acciones de unos cuantos.

Que los estereotipos eran injustos.

Y ahora algunos parecen perfectamente cómodos describiendo a más de ciento treinta millones de personas con base en sus impresiones personales.

"Yo lo he visto."

Muy bien.

Pero la experiencia individual tiene límites.

Uno puede ver corrupción todos los días y concluir que todo el mundo es corrupto.

Puede ver violencia todos los días y concluir que todo el mundo es violento.

Puede ver egoísmo todos los días y concluir que todo el mundo es egoísta.

El problema no es observar.

El problema es convertir una ventana en el universo entero.

México tiene defectos enormes.

Violencia.

Impunidad.

Desigualdad.

Abandono institucional.

Nadie serio puede negarlo.

Pero precisamente porque las instituciones suelen fallar, millones de personas desarrollan redes de apoyo que permiten que la sociedad siga funcionando.

Vecinos.

Familias.

Amigos.

Colectivos.

Asociaciones.

Comités.

Voluntarios.

Gente común.

Ese tejido invisible rara vez aparece en los titulares porque el bien cotidiano no vende publicidad.

Un edificio que no se cayó no es noticia.

Una familia que ayudó a otra no es noticia.

Un vecino que compartió comida no es noticia.

Un grupo que juntó dinero para una operación no es noticia.

La solidaridad suele ser silenciosa.

La tragedia siempre tiene micrófono.

Por eso quizá la pregunta correcta no es si México está sobrevalorado.

La pregunta es por qué insistimos en medir a una sociedad únicamente por sus fracasos y nunca por la forma en que intenta enfrentarlos.

Porque si algo demuestra la historia de este país es que, cada vez que llega la desgracia, aparecen miles de personas dispuestas a ayudar a desconocidos.

Y eso podrá no convertirnos en santos.

Pero tampoco parece la conducta de un pueblo indiferente.


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