domingo, 2 de agosto de 2026

 En su libro sobre los Estados Unidos de los años treinta, Frederick Lewis Allen escribió que la Gran Depresión «marcó a millones de estadounidenses —interiormente— para el resto de sus vidas». Pero hubo un amplio abanico de experiencias. Veinticinco años más tarde, durante la campaña presidencial, un periodista le preguntó a John F. Kennedy qué recordaba de la Depresión. 

Él contestó:

No tengo un conocimiento directo de la Depresión. Mi familia tenía una de las más grandes fortunas del mundo y, por aquel entonces, era mayor que nunca. Teníamos casas más grandes, más criados y viajábamos más. Prácticamente lo único que vi directamente fue que mi padre contrató a varios jardineros de más solo para darles un trabajo y que pudieran comer. En realidad, no supe qué había sido la Depresión hasta que leí sobre el tema cuando estudiaba en Harvard. 

Morgan Housel

Es un paralelismo que muchas personas hacen al observar la política latinoamericana. La anécdota de John F. Kennedy ilustra algo más profundo que la riqueza de una familia: muestra cómo el privilegio puede crear una especie de "burbuja de realidad". Mientras millones hacían filas para conseguir pan, él vivía una infancia en la que la Depresión apenas se percibía como la contratación de algunos jardineros adicionales.

Eso no significa que Kennedy fuera insensible. De hecho, su respuesta fue bastante franca. Admitió que no comprendió realmente la magnitud de la crisis hasta que la estudió en la universidad. Pero también revela una verdad incómoda: la experiencia de un país nunca es igual para todos.

En América Latina ocurre con frecuencia que algunos dirigentes, empresarios, comentaristas o intelectuales provienen de sectores muy privilegiados. 

Cuando hablan de pobreza, desempleo, inflación o violencia, pueden hacerlo desde estadísticas, libros o informes, no desde una experiencia vivida. Del mismo modo, también existen políticos que provienen de sectores populares y cuya visión del Estado y la desigualdad está profundamente marcada por esa experiencia.

El riesgo aparece cuando alguien supone que su experiencia personal representa la de toda la sociedad. Quien nunca ha pasado hambre puede pensar que la pobreza se resuelve solo con esfuerzo individual. Quien nunca ha enfrentado discriminación puede creer que esta apenas existe. Y, en sentido contrario, quien ha vivido únicamente en contextos de gran precariedad puede subestimar los desafíos de otros sectores.

Por eso, más que el origen social de un político, lo importante es si es capaz de comprender realidades distintas a la suya. La empatía democrática consiste precisamente en eso: gobernar para personas cuya vida uno nunca ha vivido.

La frase de Kennedy sigue siendo vigente porque recuerda que una nación puede atravesar la misma crisis y, sin embargo, algunos apenas escuchar el ruido de la tormenta mientras otros luchan por no naufragar. Esa distancia entre experiencias explica muchas incomprensiones políticas, tanto en los Estados Unidos de los años treinta como en la América Latina del siglo XXI.

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