martes, 18 de agosto de 2026

  

Este siglo no ha sido fácil de soportar. Entré en escena mediada una guerra mundial, en el alba terrible de la era atómica. Crecí en Carolina del Sur, como un varón sureño de raza blanca, con un bien cultivado talento natural para odiar a los negros hasta que el movimiento en favor de los derechos civiles me pilló de improviso al descubierto y demostró sin lugar a dudas que yo estaba en un error y que además era un malvado. Pero yo era un muchacho al que le gustaba pensar, que tenía sentimientos y era enemigo de la injusticia, y trabajé firmemente para cambiar mi modo de ser y desempeñar un pequeño e insignificante papel en dicho movimiento con lo que no tardé en sentirme sumamente orgulloso de mí mismo. Entonces me hallaba formando parte del programa universitario de la ROTC, dirigido exclusivamente a varones blancos, y fui escupido por manifestantes pacifistas ofendidos por mi uniforme. Con el tiempo, yo mismo me convertí en uno de tales manifestantes, pero jamás escupí sobre quien no estuviera de acuerdo con mis ideas. Creía que iba a cumplir los treinta años con tranquilidad, como un hombre contemplativo provisto de una filosofía humanitaria e irreprochable, cuando el movimiento de liberación de la mujer cayó sobre mí como un tornado, y una vez más me encontré del otro lado de las barricadas. Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX.

Pat Conroy.

Pat Conroy no está haciendo una confesión política. Está describiendo la experiencia de vivir en un siglo donde el suelo moral se movía constantemente. Su texto tiene una ironía amarga: cada vez que creía haber llegado a un lugar ético seguro, la historia le demostraba que todavía quedaba un prejuicio por desmontar.

Hay una frase que sostiene todo el pasaje:

"Parece que he sido la encarnación de todos los conceptos erróneos del siglo XX."

No se presenta como un monstruo, sino como un hombre común. Y precisamente ahí reside la fuerza del texto. Los grandes cambios históricos no derrotan únicamente a los dictadores; también obligan a millones de personas corrientes a reconocer que aquello que consideraban normal era, en realidad, una injusticia.

Primero fue el racismo. Había aprendido a odiar porque así funcionaba el mundo en el que nació. Cuando el movimiento por los derechos civiles le mostró la dignidad de quienes despreciaba, tuvo el coraje de cambiar. Esa capacidad de rectificar es una forma de inteligencia moral mucho más rara de lo que solemos admitir.

Pero la historia nunca concede un diploma definitivo. Apenas había corregido una ceguera cuando apareció otra. Mientras se sentía orgulloso de haber vencido el racismo, descubrió que formaba parte de una institución militar rechazada por el movimiento pacifista. Más tarde, cuando abrazó el pacifismo, llegó el feminismo para señalar privilegios que él ni siquiera había advertido.

Es una lección incómoda: nadie termina de despertar. Cada generación ilumina una zona nueva de la realidad y deja otra en penumbra. Creer que ya se posee la verdad completa suele ser el primer paso hacia un nuevo dogmatismo.

También hay una crítica sutil a los movimientos sociales. Conroy reconoce que tenían razón en muchas de sus demandas, pero observa que algunos reproducían la misma intolerancia que combatían. Él recuerda haber sido escupido por llevar uniforme y añade que, cuando después estuvo del otro lado de la protesta, nunca escupió a nadie. La justicia pierde parte de su fuerza cuando adopta los métodos del desprecio.

El texto, además, habla del peso de la época sobre el individuo. Solemos imaginar que elegimos nuestras ideas libremente, pero nacemos dentro de una corriente cultural que nos moldea antes de que podamos pensar por nosotros mismos. La libertad no consiste en haber nacido sin prejuicios, sino en tener el valor de revisarlos una y otra vez.

Por eso este pasaje sigue siendo actual. En el siglo XXI también vivimos cambios acelerados. Lo que hoy parece evidente quizá mañana sea cuestionado. La verdadera madurez intelectual no consiste en estar siempre del lado correcto de la historia, porque eso solo puede juzgarlo el tiempo. Consiste en conservar la humildad suficiente para admitir que aún podemos estar equivocados.

Conroy termina convirtiendo su biografía en una advertencia universal: el peor error no fue haber heredado los prejuicios de su tiempo. El peor habría sido negarse a abandonarlos cuando la realidad llamó a su puerta. Esa diferencia, pequeña en apariencia, es la que separa al fanático del ser humano que sigue aprendiendo.

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