Antes de la Segunda Guerra Mundial, el aviador Charles Lindbergh representaba a la perfección el heroísmo americano por su intrepidez (fue el primero en cruzar el Atlántico en solitario) y su entusiasmo por la tecnología.
Aprovechó su fama y condición de héroe para conseguir un papel destacado en el movimiento America First, opuesto a la participación de Estados Unidos en la guerra contra la Alemania nazi.
En 1939, en un ensayo llamado «Aviation, Geography, and Race» en la revista más americana de todas, la Reader’s Digest , Lindbergh abrazaba algo que se parecía mucho al nazismo en América:
El pasaje retomado por Jason Stanley, es inquietante precisamente porque no proviene de un dirigente nazi alemán, sino de uno de los héroes más admirados de Estados Unidos: Charles Lindbergh.
Ahí reside una de las lecciones más incómodas de la historia: el prestigio moral de una persona no la inmuniza contra las ideas autoritarias.
El texto utiliza una estrategia retórica muy antigua. No habla primero de odio. Habla de protección. No dice "debemos dominar". Dice "debemos defender nuestro legado". Esa es una característica frecuente de los discursos nacionalistas excluyentes: presentan la exclusión como un acto de supervivencia.
Observa las imágenes que emplea.
"Levantar nuestras blancas murallas."
La muralla no es solo una frontera física. Es una frontera moral. Divide a la humanidad entre quienes pertenecen y quienes representan una amenaza.
"La alianza con las razas extranjeras solo nos traerá la muerte."
Aquí aparece el segundo mecanismo: convertir la diversidad en un peligro existencial. No se discuten individuos concretos ni conductas. El simple hecho de pertenecer a otra "raza" se convierte en el problema.
"Mongoles, persas y moros."
La enumeración tampoco es casual. Reúne pueblos muy distintos bajo una sola categoría de "extraños". El fascismo suele simplificar la realidad: millones de personas diferentes pasan a ser un único enemigo imaginario.
Finalmente llega la metáfora del "inmenso mar extranjero que nos engulla". Es una imagen emocional, no racional. Busca despertar miedo antes que reflexión. El miedo hace que medidas extremas parezcan razonables.
Lo más interesante es el contexto. Lindbergh no era un político profesional. Era un símbolo nacional. Cuando un héroe habla, sus palabras pesan más que las de un agitador desconocido. Esa es una de las razones por las que los movimientos autoritarios buscan el respaldo de celebridades, militares prestigiosos o figuras admiradas: transfieren la confianza que el público tiene en la persona hacia una ideología.
También conviene hacer un matiz histórico importante. El movimiento America First de finales de los años treinta era amplio. Muchos de sus integrantes eran simplemente aislacionistas, es decir, pensaban que Estados Unidos debía mantenerse fuera de otra guerra europea. Sin embargo, algunas de sus figuras más visibles, como Lindbergh, combinaron ese aislacionismo con ideas de supremacía racial y, en ocasiones, con una visión indulgente hacia la Alemania nazi. No todo el movimiento era nazi, pero ciertos discursos sí compartían elementos fundamentales del pensamiento racial nazi.
Stanley utiliza este episodio para sostener una tesis más amplia: el fascismo no siempre llega vestido con uniforme militar. A veces aparece envuelto en palabras como patria, herencia, civilización, seguridad o protección. Esas palabras, por sí mismas, no son fascistas. Lo decisivo es cuándo se usan para negar la igualdad de otros seres humanos y convertirlos en una amenaza colectiva.
Quizá esa sea la advertencia más vigente. Las democracias no suelen empezar a deteriorarse cuando alguien proclama abiertamente el odio. Empiezan a hacerlo cuando el miedo convierte la exclusión en una virtud y cuando personas admiradas consiguen que el prejuicio parezca sentido común. Ahí es donde la historia deja de ser un museo y empieza a parecer un espejo.
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