De demostrar talento a farmear aura
Breve historia de cómo dejamos de hacer cosas para empezar a parecer que las hacemos
Hubo una época en la que uno podía salir a la calle con pantalones enormes, tenis llamativos y una actitud de delincuente intergaláctico, pero había un pequeño problema: había que saber bailar.
El breakdance no se podía fingir durante demasiado tiempo.
Podías llegar con toda la actitud del Bronx, mirar a los demás como si fueras dueño de Manhattan y poner cara de “ustedes todavía no están preparados para mi talento”. Muy bien.
Entonces alguien decía:
—A ver, baila.
Y ahí se acababa la filosofía.
Porque había que bajar al suelo.
Había que tener equilibrio, fuerza, coordinación, ritmo, técnica. Había que practicar hasta que el cuerpo aprendiera movimientos que, para cualquier persona normal, parecían diseñados por un fisioterapeuta con deseos de venganza.
Lo mismo ocurría con el rap.
Podías vestirte como un rapero, caminar como un rapero y poner cara de rapero.
Pero cuando llegaba la batalla había una pequeña molestia llamada talento.
Había que rimar.
Había que improvisar.
Había que responder.
Había que tener vocabulario y velocidad mental.
Es decir, la actitud podía abrir la puerta, pero la habilidad tenía que pagar la renta.
Y entonces llegamos al siglo XXI.
El siglo en el que el ser humano descubrió una maravillosa posibilidad:
¿Y si pudiéramos obtener prestigio sin tener que desarrollar ninguna habilidad particularmente complicada?
Bienvenidos al aura farming.
Ya no necesariamente tienes que saber bailar.
Puedes caminar lentamente.
No necesariamente tienes que saber pelear.
Puedes mirar a la cámara como si acabaras de descubrir que eres el protagonista de la historia.
No necesariamente tienes que ser inteligente.
Puedes utilizar tres palabras que aprendiste ayer y pronunciarlas con suficiente seguridad.
Y si todo sale bien, alguien escribirá:
“BRO TIENE AURA.”
La humanidad ha avanzado muchísimo.
Antes necesitábamos levantar pirámides para demostrar poder.
Ahora basta con hacer una mirada de siete segundos frente a un teléfono.
Pero aquí está la parte incómoda
Sería muy fácil convertir esto en otro sermón de adulto:
"Los jóvenes de hoy son frívolos."
No.
Eso sería demasiado cómodo.
Y probablemente falso.
Los jóvenes no inventaron la frivolidad.
La industria cultural lleva siglos vendiéndola.
Lo que cambió fue la velocidad y la escala.
Antes necesitabas una revista, televisión, cine, una disquera o algún otro mecanismo para fabricar una imagen pública.
Ahora tienes una cámara en el bolsillo.
Y además tienes un algoritmo que observa obsesivamente qué produce atención.
El resultado es una economía extraña:
la atención se convierte en dinero,
el dinero convierte la apariencia en mercancía,
y la mercancía empieza a sustituir a la habilidad.
No porque la habilidad haya desaparecido.
Sino porque la habilidad ya no siempre es necesaria para conseguir reconocimiento.
Y esa diferencia es enorme.
El problema no es que los jóvenes quieran llamar la atención
Eso lo hemos hecho siempre.
El adolescente de cualquier época quería ser visto.
El rebelde quería ser visto.
El rockero quería ser visto.
El punk quería ser visto.
El rapero quería ser visto.
El breaker quería ser visto.
La diferencia es que muchas de aquellas culturas decían:
"Mírame hacer algo."
La cultura de las redes puede decir:
"Mírame."
Punto.
Y ahí aparece una pequeña tragedia filosófica.
Porque estamos construyendo una sociedad donde la pregunta deja de ser:
¿Qué sabes hacer?
para convertirse en:
¿Qué impresión produces?
Y cuando la impresión se vuelve más importante que la capacidad, aparece una curiosa inflación del ego.
Todo el mundo tiene marca personal.
Todo el mundo tiene estética.
Todo el mundo tiene una opinión.
Todo el mundo tiene una identidad digital.
Todo el mundo es protagonista.
Pero entonces aparece la pregunta que nadie quiere contestar:
¿Protagonista de qué?
La frivolidad no pertenece a una generación
Pertenece a una sociedad que descubrió que la apariencia puede monetizarse.
Y eso incluye a jóvenes, adultos, políticos, empresarios, influencers, periodistas, celebridades y hasta señores de 60 años que descubrieron TikTok y ahora graban videos bailando mientras su familia mira horrorizada desde el comedor.
El aura farming solamente es la versión juvenil de un fenómeno muchísimo más grande.
El político que posa como estadista.
El empresario que vende éxito como personalidad.
El intelectual que convierte la complejidad en pose.
El influencer que convierte su vida privada en producto.
El famoso que convierte absolutamente nada en contenido.
Todos están participando del mismo juego:
parecer algo antes que ser algo.
Y aquí es donde el viejo breakdance tiene una pequeña lección para nosotros.
Porque el breaker podía tener una ropa espectacular.
Podía tener actitud.
Podía tener estilo.
Podía tener flow.
Pero al final tenía que bajar al suelo.
Y ahí no había algoritmo que pudiera salvarlo.
O sabías hacerlo o no.
Quizá ese sea el verdadero cambio cultural.
No pasamos de una generación talentosa a una generación inútil.
Pasamos de una cultura donde la habilidad era una condición relativamente importante para obtener reconocimiento, a otra donde el reconocimiento puede llegar antes que la habilidad.
Y eso sí es peligroso.
Porque cuando el aplauso llega antes que el mérito, el cerebro puede cometer un pequeño error:
confundir ser visto con ser valioso.
Y entonces tenemos una civilización entera haciendo poses frente a una cámara, esperando que el algoritmo certifique nuestra existencia.
Después de miles de años de evolución humana, descubrimos finalmente nuestro propósito:
tener aura.
La próxima especie dominante probablemente sea una paloma.
Por lo menos ella sabe volar.
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