Cómo votar para sacar a un cabrón y terminar metiendo a otro
Hay una tradición política latinoamericana que merece ser estudiada por la UNESCO, o por lo menos por un buen psiquiatra: votar por alguien no porque sepamos lo que hará, sino porque estamos desesperados por sacar al que ya está.
Es una diferencia pequeña en apariencia, pero gigantesca en consecuencias.
El razonamiento suele ser:
—Este gobierno es una mierda.
—¿Y qué propone el otro?
—¡Que saque a estos!
—Sí, pero ¿qué va a hacer?
—¡QUE LOS SAQUE!
Y listo. Tenemos política.
La elección deja de ser una comparación entre proyectos de país y se convierte en una especie de operación de desalojo electoral.
El ciudadano no está contratando al próximo administrador de la casa. Está buscando al cabrón que tenga las suficientes ganas de echar al anterior por la ventana.
Y América Latina lleva años perfeccionando esta técnica.
Argentina eligió a Javier Milei después del enorme desgaste del peronismo y del fracaso económico de gobiernos anteriores. Ecuador convirtió la seguridad en una cuestión central y apostó por Daniel Noboa. Chile eligió a José Antonio Kast. Perú acaba de llevar a Keiko Fujimori a la presidencia. Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. En distintos países, con circunstancias diferentes, candidatos de derecha y outsiders han sabido convertir el hartazgo en combustible electoral.
Y aquí viene lo interesante:
eso no demuestra necesariamente que América Latina se haya vuelto de derecha.
Puede demostrar algo bastante más incómodo:
que América Latina está hasta la madre.
El voto como bote de basura
Durante décadas, buena parte de la política latinoamericana funcionó con una lógica relativamente sencilla:
«Si el gobierno de izquierda fracasa, votamos por la derecha.»
Después:
«Si la derecha fracasa, votamos por la izquierda.»
Y después:
«Si ambos fracasan, votamos por alguien que diga que él no es ninguno de los dos.»
El problema es que así se puede pasar veinte años cambiando de conductor sin preguntarse si el automóvil tiene frenos.
El ciudadano experimenta inflación, inseguridad, desempleo, corrupción, servicios deficientes o pérdida de poder adquisitivo.
Se enoja.
El gobierno se convierte en el culpable visible.
La oposición ofrece una explicación sencilla:
«Todo esto es culpa de ellos.»
Y el votante responde:
«Perfecto. Sáquenlos.»
Pero nadie le pregunta algo mucho más importante:
«¿Y después qué?»
Porque «después» es la parte que suele venir con letra pequeña.
El maravilloso poder político del enojo
El enojo es uno de los combustibles electorales más eficientes que existen.
Un programa económico de 74 páginas necesita explicación.
Una indignación necesita tres segundos.
«¡Nos están robando!»
«¡La casta!»
«¡La inseguridad!»
«¡Los comunistas!»
«¡Los neoliberales!»
«¡Los corruptos!»
«¡Los zurdos!»
«¡Los conservadores!»
La política moderna descubrió una maravilla: ya no necesitas convencer al ciudadano de que tu programa funcionará; basta con convencerlo de que el otro es insoportable.
Y las redes sociales son un gimnasio perfecto para eso.
El argumento complejo pierde contra el insulto memorable.
La política pública pierde contra el video de 17 segundos.
El análisis económico pierde contra un candidato gritando frente a una multitud.
La moderación tiene un problema gravísimo:
no se viraliza.
Nadie comparte:
«Candidato propone fortalecer progresivamente la capacidad administrativa del Estado mediante una combinación de políticas fiscales y regulatorias.»
Pero escribe:
«¡VOY A PASARLE LA MOTOSIERRA A TODO!»
Y tienes medio continente hablando de ti.
El candidato que parece tener respuestas
Aquí aparece una figura política particularmente poderosa: el hombre —o la mujer— que parece no tener dudas.
No importa que los problemas sean complejos.
Él sabe.
No importa que la economía tenga diez variables.
Él sabe.
No importa que la inseguridad tenga causas sociales, policiales, judiciales y económicas.
Él sabe.
No importa que el Estado sea una maquinaria gigantesca.
Él sabe.
Y si alguien pregunta cómo:
«¡Con decisión!»
Ah.
Magnífico.
La palabra mágica.
Decisión.
Como si gobernar fuera una cuestión de apretar los dientes.
Como si un presupuesto público pudiera resolverse mirando feo.
Como si la desigualdad huyera aterrorizada cuando el presidente golpea el escritorio.
Pero funciona porque responde a una necesidad psicológica real: cuando la realidad se vuelve demasiado complicada, buscamos a alguien que nos la simplifique.
El problema es que la pobreza no vota como un economista
Y aquí conviene tener cuidado con una condescendencia muy común.
Decir:
«La gente pobre no se da cuenta de que está votando contra sus propios intereses.»
es demasiado fácil.
Y muchas veces es falso.
Una persona puede votar por un candidato de derecha porque considera que la inseguridad es más urgente que cualquier otra cosa.
Otra puede votar por él porque está harta de la corrupción.
Otra porque siente que el gobierno anterior la ignoró.
Otra porque quiere recuperar estabilidad.
Otra porque simplemente quiere castigar al partido gobernante.
Eso no es estupidez.
Es una decisión política basada en las prioridades que esa persona considera más importantes.
El verdadero problema aparece cuando el ciudadano confunde una solución emocional con una solución efectiva.
«Este hombre habla fuerte» no significa «este hombre sabe gobernar».
«Este hombre no es como los anteriores» no significa «este hombre será mejor».
«Este hombre va a castigar a los culpables» tampoco significa «mi vida va a mejorar».
Y ahí está la trampa.
Puede existir perfectamente un elector que diga:
«No quiero seguir igual, pero tampoco quiero volver a aquello.»
Y ese elector es precisamente el que las oposiciones suelen perder cuando creen que el cansancio con el gobierno equivale automáticamente a nostalgia por el gobierno anterior.
La alternancia puede convertirse en una noria
Aquí aparece la tragedia política.
Gobierno de izquierda.
Desencanto.
Gobierno de derecha.
Desencanto.
Outsider.
Desencanto.
Gobierno autoritario con discurso de eficacia.
Desencanto.
Otro outsider.
Y vuelta a empezar.
La política se convierte en una noria.
Subimos al candidato nuevo, celebramos que ahora sí «se va a acabar todo esto», descubrimos unos años después que la realidad seguía siendo bastante más complicada de lo que prometía el candidato...
Y entonces buscamos otro salvador.
El ciudadano no necesariamente está enamorado de la derecha.
Ni de la izquierda.
Muchas veces está desencantado con el sistema completo.
Y eso es mucho más peligroso.
El enemigo es más útil que el programa
Hay una razón por la que los políticos polarizadores aman tanto a sus adversarios.
Porque un adversario fuerte es una herramienta política extraordinaria.
Si yo puedo decir:
«El país está así por culpa de ellos»,
no necesito explicar demasiado mi propio desempeño.
El enemigo mantiene cohesionada a la tribu.
Y cuanto más odias al adversario, menos dispuesto estás a reconocer que tu propio candidato puede estar equivocado.
Entonces ocurre algo maravilloso.
El votante deja de decir:
«Mi presidente hizo una mala política.»
Y empieza a decir:
«Mi presidente tuvo que hacerlo porque los otros son peores.»
Eso es la transformación del ciudadano en hincha.
Y cuando la política se convierte en fútbol, el árbitro siempre es vendido y el delantero de nuestro equipo nunca comete penal.
No necesitamos políticos aburridos
Aquí alguien podría protestar:
«Entonces quieres políticos grises, aburridos y sin carácter.»
No.
Necesitamos exactamente lo contrario.
Necesitamos políticos capaces de entusiasmar sin convertir la política en espectáculo.
Un dirigente puede ser carismático.
Puede ser contundente.
Puede ser apasionado.
Puede incluso ser políticamente incómodo.
Lo que no debería ser necesario es convertir cada elección en una batalla entre el Mesías y Satanás.
Porque cuando todos los candidatos prometen salvar la patria y destruir al enemigo, el ciudadano termina creyendo que votar es elegir quién gritará más fuerte desde el Palacio Nacional.
Y gobernar no es gritar.
Gobernar es administrar.
Es recaudar.
Es gastar.
Es construir.
Es negociar.
Es diseñar instituciones.
Es evaluar resultados.
Es reconocer errores.
Es cambiar una política cuando no funciona.
Es hacer cosas extraordinariamente poco cinematográficas.
La pregunta que deberíamos hacer
Tal vez el elector latinoamericano debería cambiar una sola pregunta.
En lugar de:
«¿Quién puede sacar a estos?»
preguntar:
«¿Qué hará exactamente este individuo cuando tenga el poder que le estoy entregando?»
Y después otra:
«¿Quién gana y quién pierde con sus políticas?»
Y otra:
«¿Qué evidencia tengo de que funcionará?»
Y una última, especialmente incómoda:
«¿Qué pasaría si el candidato que detesto tuviera razón en algo?»
Esa pregunta es casi revolucionaria.
Porque obliga a abandonar la camiseta.
Y quizá ahí esté el problema central de nuestras democracias:
hemos aprendido a votar contra alguien mucho mejor de lo que hemos aprendido a votar a favor de algo.
Por eso podemos pasar de Milei a otro, de otro a otro, de la izquierda a la derecha, de la derecha al outsider, del outsider al salvador, y continuar exactamente en el mismo ciclo.
No porque los latinoamericanos sean idiotas.
Sino porque el miedo, el enojo y la esperanza de un salvador son electoralmente mucho más fáciles de vender que una política pública de veinte años.
Y mientras sigamos entrando a las elecciones con la pregunta:
«¿Quién puede sacar a este cabrón?»,
habrá candidatos haciendo cola para responder:
«Yo.»
El problema es que casi nunca preguntamos la segunda parte:
«¿Y después de sacarlo, qué demonios vas a hacer tú?»
Y esa, queridos electores, es precisamente la pregunta que deberíamos llevar a la urna.
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