jueves, 6 de agosto de 2026

 Hace 26 años (en el año 2000), durante un programa y debate televisivo en Canal 40 sobre los candidatos presidenciales, el periodista Sergio Sarmiento afirmó que los medios de comunicación "muchas veces mentimos deliberadamente" o defienden intereses particulares. 

El cinismo como síntoma: cuando el archivo histórico se vuelve espejo

Hay algo profundamente revelador en el polvo que acumulan las videotecas. Durante décadas, la televisión comercial operó bajo la premisa de la fugacidad: la palabra empeñada en la pantalla chica se disipaba en el aire una vez terminada la transmisión, dejando apenas un eco en la memoria selectiva de la audiencia. 

Sin embargo, la memoria digital ha destruido ese privilegio de amnesia. La reaparición de un fragmento televisivo de hace más de un cuarto de siglo, donde una mesa de respetados analistas reacciona con carcajadas ante la afirmación de que «los medios mienten», no es solo un tropiezo mediático; es un tratado involuntario sobre la sociología del poder.

Para entender el impacto de ese video no hace falta invocar conspiraciones maquiavélicas. Basta con observar la arquitectura del cinismo. La risa compartida por los periodistas en aquel set no era, necesariamente, la burla abierta de quien se sabe villano. 

Era algo peor: la risa de la naturalización. Era el gesto condescendiente de una élite intelectual que consideraba la manipulación, el encuadre interesado y la omisión deliberada no como faltas éticas, sino como las reglas no escritas —y obvias— del juego.

 Verbalizar que los medios mienten frente a las cámaras equivalía a romper la etiqueta del espectáculo; de ahí la hilaridad. La risa funcionaba como un amortiguador ante una verdad incómoda, una complicidad de clase entre quienes compartían el monopolio de la palabra pública.

El problema para los protagonistas de aquel metraje es que el mundo cambió, pero sus códigos defensivos se quedaron estancados en el siglo pasado. Ante la viralización del clip, la respuesta previsible no fue el ejercicio de la autocrítica ni la contextualización honesta de una época caracterizada por la opacidad, sino el repliegue defensivo. Recurrir al argumento del «fuera de contexto» o asumir la postura del perseguido político revela una profunda incomprensión de la era actual.

Cuando una figura pública opta por la victimización antes que por la honestidad intelectual, no está protegiendo la verdad; está protegiendo el capital de su marca personal. 

En la política de la comunicación contemporánea, admitir que en el pasado se formó parte de un ecosistema periodístico complaciente se percibe como una rendición incondicional. Por ello, resulta tácticamente más redituable transformar un cuestionamiento de ética periodística en una trinchera de persecución estatal. 

Al desplazar el debate del terreno de la moral al terreno de la pugna partidista, el analista logra amalgamar a sus fieles, desviando la atención del fondo del asunto: la pérdida irrecuperable de la inocencia de la audiencia.

La audiencia de hoy ya no es la masa pasiva que consumía los noticieros nocturnos como si fueran biblias seculares. La democratización de la información —con todas sus luces y sombras— ha despojado a los medios tradicionales de su aura de neutralidad sagrada. Ver a los tótems del periodismo noventero reírse de la mentira mediática valida, retroactivamente, la vieja sospecha ciudadana de que la verdad en pantalla siempre tuvo un precio de reserva.

El archivo no perdona, pero tampoco persigue; simplemente atestigua. Lo que aquel video rescata no es solo una frase desafortunada o una risa a destiempo, sino la radiografía de una época donde el poder mediático se sabía impune y eterno. La ironía trágica para sus protagonistas es que la misma tecnología que hoy los expone es la que impidió que su risa se perdiera en el olvido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario