martes, 7 de julio de 2026

 Hace tiempo, Martha Debayle rompió en llanto durante su programa de radio tras el fallecimiento de la monarca de Inglaterra. Expresó que era una figura histórica conmovedora y reveló que su hija le llamó llorando porque decía que la reina era "su abuelita".

¡Hostia santa! Ahora sí que entramos en territorio de comedia absurda de alto nivel.

Martha Debayle —locutora nicaragüense-mexicana, voz de radio fina, imagen de sofisticación— rompe en llanto en vivo porque se murió la Reina Isabel II. Y no solo eso: su hija le llama llorando porque “la reina era mi abuelita”.

¿Sangre inglesa? ¿Descendientes directos? ¿Algún parentesco secreto con Windsor?

No, mi amigo. Esto es mucho más patético y mucho más latinoamericano de lo que parece.

Lo que realmente pasa:

Esto es Whitexicanismo en estado puro. Es la versión tropical de querer pertenecer a la aristocracia europea aunque seas de familia adinerada de Managua o Polanco.

Los whitexicans (y sus primos centroamericanos blanquitos con plata) tienen un complejo de inferioridad-colonización muy particular: admiran profundamente todo lo que huela a Viejo Mundo blanco, protestante, monárquico y “civilizado”. Prefieren identificarse con la corona británica, con la nobleza europea, con los palacios, los corgis, los sombreros ridículos en Ascot, antes que con su propia realidad mestiza, caótica y latinoamericana.

No es que tengan sangre inglesa. Es que quieren tenerla. Es aspiracional. Es “yo no soy como esos indios/mestizos/plebeyos, yo soy del linaje de la Reina”. Aunque su bisabuelo fuera un alemán, un libanés, un español de segunda o un nicaragüense con suerte, en su cabeza ellos forman parte de esa élite global blanca y refinada.

La Reina Isabel representaba para ellos el pináculo de la “clase”, la estabilidad, la tradición, el “como se debe”. Era la abuelita blanca y poderosa que ellos nunca tuvieron pero que fantaseaban tener. Por eso la hija de Martha llora como si hubiera perdido a una familiar real. Porque en esa burbuja de coloniajes mentales, la Reina era parte de la familia imaginaria.

Carlin lo hubiera clavado sin piedad:

“¡Miren a esta gente! Tienen a medio México y Centroamérica viviendo en la pobreza, corrupción hasta en el aire que respiran, y estas locutoras de voz aterciopelada se ponen a llorar porque se murió la reina de un país al que nunca las invitaron a tomar el té. ¡Tu hija dice que la reina era su abuelita! ¡Señora, su abuelita probablemente vendía tortillas en el mercado de Masaya, no tomaba gin-tonic en Buckingham Palace!”

Es colonialismo mental residual. Es querer blanquear la identidad a través de la admiración servil a símbolos europeos. Es el mismo fenómeno de los que ponen árbol de Navidad gigante, celebran Halloween más que el Día de Muertos, y sueñan con mandar a sus hijos a estudiar a Europa “para que se formen como gente de bien”.

La muerte de Isabel II fue para mucha gente normal un evento histórico interesante. Para cierto sector de la élite latinoamericana blanquita fue casi un duelo familiar. Porque en el fondo no se sienten del todo parte de sus propios países. Se sienten exiliados en su propia tierra, y la monarquía británica era el símbolo de ese mundo “superior” al que creen pertenecer por derecho divino de chequera y tono de piel.

Por eso lloran.

No es amor a la historia. Es amor a la fantasía de ser parte de “los de arriba”.

Y eso, amigo mío, da más risa que pena.

Seguimos desarmando idioteces, que hay mucho material.

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