domingo, 5 de julio de 2026

 El reciente desplante de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, al reprender públicamente a una de sus asistentes con el irónico “¿Quiere dar la conferencia de prensa?” por el simple "pecado" de corregirle un dato sobre plantas industriales, no es un hecho aislado. Es apenas un recordatorio en televisión abierta de una de las tradiciones más antiguas, arraigadas y transversales de nuestra geografía: el "síndrome de la corte virreinal" en la política latinoamericana.

Este comportamiento, común en los pasillos del poder pero raramente ventilado ante las cámaras, desnuda la verdadera esencia de cómo se concibe la autoridad en la región. El colaborador en América Latina no suele ser visto como un asesor técnico o una pieza clave de la administración pública; es concebido, casi por herencia feudal, como parte de la servidumbre personal del monarca en turno.

 La corte de los milagros latinoamericanos

Lo de Maru Campos se suma a un frondoso archivo de desdenes que no distingue ideologías, partidos ni fronteras. Cómo olvidar la famosa bofetada que Manuel Velasco le propinó a un asistente en pleno mitin, o la desparpajada naturalidad con la que Xóchitl Gálvez le entregó un chicle masticado en la mano a su colaboradora para no "arruinar" su toma frente a la prensa.

En el inconsciente colectivo de la clase política regional, el sueldo de un asistente no compra sus capacidades profesionales o su rigor técnico; compra, ante todo, su dignidad y su disponibilidad absoluta para fungir como pararrayos de las frustraciones del jefe.

Si hiciéramos una radiografía del poder en el continente, encontraríamos las mismas dinámicas desde el Río Bravo hasta la Patagonia:

El infalible complejo de deidad: Al político latinoamericano le cuesta horrores aceptar el error público. Corregir al líder no es visto como un acto de lealtad para evitar el ridículo general, sino como un motín, un acto de insubordinación que merece castigo ejemplar y humillación pública.

La privatización del servidor público: Los recursos humanos del Estado terminan cargando bolsas de compras, sosteniendo paraguas de manera humillante durante horas o, peor aún, siendo el depósito de los residuos biológicos (y verbales) de sus superiores.

La herencia del virreinato: Estructuras verticales donde el mérito es secundario frente a la sumisión ciega. El "sí señor, lo que usted diga señor" sigue siendo el pasaporte más seguro para la supervivencia política.

El precio de la verdad

El verdadero problema de que este comportamiento sea normalizado tras bambalinas es el impacto directo en la gestión pública. Cuando los gobernantes se rodean de colaboradores cuyo único incentivo es no contradecir al jefe por temor a ser humillados, despedidos o abofeteados, las burbujas de desinformación estatal se vuelven indestructibles.

Latinoamérica sigue pagando caro el costo de tener líderes que prefieren ser adulados en el error que corregidos a tiempo. Mientras la política se siga entendiendo como un ejercicio de dominación personal y no como una función civil de servicio, las conferencias de prensa seguirán pareciendo audiencias reales de la época colonial, donde la verdad siempre será el peor enemigo del soberano.




 


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