lunes, 20 de julio de 2026


Llevar esta frase de Kazantzakis al terreno de la política transforma por completo cómo entendemos el poder, las revoluciones y el cambio social. En este contexto, la frase desmonta las grandes utopías y nos sitúa en el terreno del realismo político más crudo y, a la vez, más comprometido.

1. El fin del "Final Feliz" Político (Anti-utopismo)

La política tradicional suele vender narrativas de redención: "Si ganamos esta elección, si aprobamos esta ley o si derrocamos a este régimen, los problemas se acabarán".

Kazantzakis destruye esa ilusión. Aplicado a la política, "no se trata de un triunfo definitivo" significa que ninguna victoria democrática o revolucionaria está garantizada para siempre. Las instituciones se degradan, las conquistas sociales pueden revertirse y las nuevas élites suelen cometer los mismos errores que las anteriores.

2. La Democracia como Proceso, No como Destino

La democracia no es un monumento de mármol que se construye una vez y ya está; es un jardín que hay que regar todos los días.

  • La vigilancia eterna: Los derechos civiles, la libertad de expresión y la justicia social no son estados permanentes. Son el resultado de una tensión constante.

  • El contrapeso permanente: Si la lucha es sin fin, la labor ciudadana no termina en las urnas. El triunfo electoral es solo el inicio de una nueva etapa de fiscalización y debate.

3. La Resistencia frente a la Hegemonía

Para los movimientos sociales o de oposición, esta frase es un recordatorio de resiliencia. Cuando se lucha contra estructuras de poder gigantescas o sistemas opresivos, la victoria total a corto plazo suele ser una fantasía.

El valor político aquí radica en la resistencia sostenida: el simple hecho de no rendirse, de mantener viva la disidencia y de seguir presionando al poder ya constituye una victoria en sí misma, porque evita la consolidación de un control absoluto.

Un paralelismo con la teoría política

Esta visión de Kazantzakis resuena profundamente con un concepto clave del filósofo político Karl Popper: la ingeniería social fragmentaria. Popper argumentaba que la política no debe intentar crear sociedades utópicas perfectas (lo que a menudo deriva en autoritarismo), sino dedicarse a la resolución continua y constante de los problemas concretos que van surgiendo.

Enfoque político de la frase: El poder nunca descansa en sus intentos de expandirse; por lo tanto, la ciudadanía tampoco puede permitirse el lujo de dejar de luchar. La política no es un destino al que se llega, es un conflicto continuo por definir cómo vivimos juntos.

 La Revolución Francesa (1789) es quizás el ejemplo histórico más brutal y perfecto para ilustrar la máxima de Kazantzakis. Pocos eventos en la historia de la humanidad encarnan con tanta fuerza la ilusión de un "triunfo definitivo" y la posterior e inevitable caída en una "lucha sin fin".

Analicemos este proceso histórico a la luz de su pensamiento:

1. La Ilusión del "Triunfo Definitivo" (1789)

Cuando los revolucionarios asaltaron la Bastilla y proclamaron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el mundo creyó estar presenciando un quiebre absoluto con el pasado. Se pensaba que derrocar al absolutismo y guillotinar al rey era el triunfo definitivo de la Razón, la Libertad y la Fraternidad. Los revolucionarios llegaron a cambiar el calendario, decretando que 1792 era el "Año I" de una nueva era. Creían haber llegado al final de la historia.

2. El Descenso a la "Lucha Sin Fin"

Sin embargo, el triunfo no fue definitivo. La caída del rey no trajo la paz, sino una vertiginosa sucesión de nuevas luchas y contradicciones:

  • El Terror y la Purga Interna: La revolución se devoró a sí misma. Quienes defendían la libertad (como Robespierre) terminaron imponiendo una dictadura sangrienta para proteger los "logros" revolucionarios de los enemigos internos y externos.

  • El Retorno al Autoritarismo: En apenas una década, el vacío de poder y el caos civil permitieron el ascenso de Napoleón Bonaparte, quien se autocoronó Emperador. El sueño de la República derivó en un nuevo Imperio.

3. La Dinámica Pendular de la Historia Francesa

Si miramos el siglo XIX francés, la frase de Kazantzakis cobra un sentido casi literal. El triunfo de la libertad nunca fue permanente; fue una marea que subía y bajaba:

  • 1815: Restauración borbónica (vuelve la monarquía absoluta).

  • 1830: Nueva revolución (Monarquía de Julio, más liberal).

  • 1848: Otra revolución (Segunda República), que termina de nuevo en imperio con Napoleón III.

  • 1870: Tercera República, nacida de la derrota y la guerra civil (La Comuna de París).

Conclusión Analítica

Si los revolucionarios de 1789 hubieran sabido que ochenta años después Francia seguiría luchando por consolidar una República estable, se habrían desesperado. Pero la perspectiva de Kazantzakis nos ofrece otra lectura: el valor no estuvo en fundar un sistema perfecto de inmediato (lo cual demostró ser imposible), sino en el hecho de que el impulso emancipador nunca murió.

Cada aparente derrota sembró las bases ideológicas para la siguiente batalla. La Revolución Francesa no fue un evento con un desenlace cerrado; fue el disparo de salida de una lucha constante por los derechos humanos que, incluso hoy en el siglo XXI, sigue transformándose y enfrentando nuevos desafíos.

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