viernes, 31 de julio de 2026

Hay gobiernos que construyen carreteras. Hay gobiernos que levantan puentes. Y hay gobiernos que construyen silencio.


El de Maximiliano Hernández Martínez perteneció a estos últimos.


El silencio no apareció de golpe. Llegó despacio. Primero dejó de hablar el periódico que criticaba al gobierno. Después el maestro que hacía preguntas incómodas. Luego el campesino que sospechaba que su vecino había desaparecido. Finalmente calló un pueblo entero. Porque cuando la muerte se convierte en política de Estado, las palabras aprenden a esconderse.

Martínez llegó al poder en 1931, en medio de la crisis económica que siguió a la Gran Depresión. El precio del café, columna vertebral de la economía salvadoreña, se había desplomado. El hambre recorría los campos con la paciencia de una sombra. En ese escenario prometió orden. Como tantos dictadores del siglo XX, ofreció estabilidad. Y descubrió que el camino más corto hacia ella era el miedo.

En enero de 1932 estalló una insurrección campesina e indígena. Hubo asesinatos de terratenientes y autoridades locales. El Estado tenía el derecho y el deber de restablecer el orden. Pero lo que siguió dejó de ser justicia para convertirse en exterminio.

El ejército no persiguió únicamente a los responsables de la rebelión. Persiguió la pobreza. Persiguió el rostro indígena. Persiguió la sospecha.

Miles fueron ejecutados sin juicio.
Hombres sacados de sus casas. Jóvenes fusilados por portar un machete. Ancianos asesinados por hablar náhuat. Mujeres obligadas a reconocer cadáveres que el gobierno jamás reconocería oficialmente. Las cifras nunca serán exactas, pero la historia coincide en una certeza: fueron decenas de miles de vidas arrancadas en apenas unas semanas.

La tragedia no terminó con las balas.

Después vino un crimen todavía más silencioso: el asesinato de la memoria.

Muchos indígenas dejaron de usar su ropa tradicional. Dejaron de enseñar su lengua a sus hijos. Cambiaron sus apellidos cuando pudieron. Aprendieron que sobrevivir consistía en parecerse al vencedor. La cultura comenzó a ocultarse debajo de la ropa cotidiana, como quien esconde una herida que nunca cicatriza.

Martínez gobernó durante trece años. Hubo disciplina fiscal. Se fortalecieron instituciones del Estado. Se impulsaron algunas reformas económicas. Sus defensores suelen recordar esos logros.

Pero la historia plantea una pregunta incómoda.

¿Puede llamarse progreso a un país donde la paz depende del terror?

Una carretera puede atravesar montañas. No puede atravesar el miedo.

Un banco central puede estabilizar una moneda. No puede devolver una lengua que una generación dejó de hablar por temor.

La prosperidad pierde parte de su significado cuando el precio es el silencio de los ciudadanos.

En 1944, el régimen comenzó a resquebrajarse.
Ya no fueron únicamente los militares quienes se levantaron. También lo hicieron estudiantes, maestros, profesionales y comerciantes. Una huelga de brazos caídos paralizó el país. Fue una forma extraordinaria de resistencia: vencer sin disparar. Hernández Martínez renunció y partió al exilio.

Pero los dictadores rara vez desaparecen cuando abandonan el palacio.

Permanecen en las cicatrices.

Permanecen en las familias que nunca encontraron a sus muertos.

Permanecen en las palabras que dejaron de pronunciarse.

Permanecen en la costumbre de creer que el orden vale más que la libertad.

El régimen de Maximiliano Hernández Martínez no fue únicamente una dictadura salvadoreña. Fue una advertencia para toda América Latina. Enseñó que el autoritarismo casi nunca llega anunciándose como tiranía. Suele presentarse vestido de salvador. Promete seguridad. Promete disciplina. Promete acabar con el caos.

Y mientras la multitud aplaude la llegada del orden, la libertad empieza a hacer sus maletas.

La historia no recuerda a Martínez únicamente por el poder que acumuló, sino por el vacío que dejó. Porque las ciudades pueden reconstruirse después de una guerra. Los edificios pueden levantarse otra vez. Incluso las economías pueden recuperarse.

Lo verdaderamente difícil es devolverle la voz a un pueblo que aprendió, durante demasiado tiempo, que vivir significaba guardar silencio. 

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