domingo, 19 de julio de 2026


Hay algo profundamente incómodo en ese verso: no es solo tristeza, es invisibilidad. Y eso, viniendo de Humberto Ak'abal, no es casualidad: es historia.



Están de pie, sí… pero no es una elección.
No están contemplando el paisaje como los turistas que pasan con cámara en mano.
Están detenidos porque el camino no fue hecho para ellos.

El polvo bajo sus pies no es solo tierra: es herencia.
Es la memoria de los abuelos que caminaron sin zapatos,
de lenguas que fueron castigadas,
de nombres que fueron cambiados para que sonaran “correctos”.

Y aún así, siguen ahí.

A la orilla.

No en el centro del camino donde circula el progreso,
ni en los mapas donde se dibujan las promesas del desarrollo.
A la orilla, donde el mundo mira… pero no ve.

La lágrima no es solo dolor personal.
Es una grieta en la historia.
Es la fractura de un pueblo al que le enseñaron a callar,
a agachar la mirada,
a existir sin hacer ruido.

Pero hay algo que no encaja del todo en esa imagen.

Porque aunque nadie los vea,
ellos sí se ven entre sí.

Y eso cambia todo.

Ahí, en esa orilla ignorada,
se transmiten palabras en k’iche’,
se cuentan historias al fuego,
se nombra al mundo con una precisión que ningún idioma dominante puede traducir del todo.

Ahí, donde el sistema ve abandono,
hay resistencia.

Porque quedarse de pie ya es un acto político.

No avanzar por el camino impuesto también es una decisión:
la de no perderse.

Ak’abal no escribe desde la derrota.
Escribe desde esa tensión brutal entre el olvido y la permanencia.
Su poesía no pide lástima.
Hace algo más incómodo:

Te obliga a mirar donde normalmente pasas de largo.

Y entonces la pregunta ya no es por qué nadie los ve.

La pregunta es:
¿qué tipo de mundo necesita volverse ciego para seguir funcionando?


 

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