El Color del Plomo: Por qué la "Tierra de los Libres" tuvo que mandar a un tipo a morir a España para dejarlo ser Capitán
Hablemos de consistencia. A los americanos nos encanta la consistencia, especialmente cuando se trata de nuestra hipocresía nacional. Nos llenamos la boca con palabras grandes. Grandes, pomposas y vacías. Libertad. Democracia. Justicia. Nos encantan las palabras que terminan en "tad" y "cia" porque suenan de maravilla cuando las grita un tipo con traje antes de bombardear un país del que nunca has oído hablar.
Pero vayamos a 1937. Un año fantástico. En Estados Unidos, si eras un hombre negro, la "Libertad" significaba que podías elegir en qué parte de la acera apartarte cuando pasaba un blanco. La "Justicia" era el nombre que le daban a un árbol con una soga si mirabas a la mujer equivocada. El gobierno tenía un sistema legal precioso llamado Jim Crow —básicamente, el apartheid antes de que los sudafricanos lo registraran como franquicia—. Si querías entrar al ejército para defender a tu "patria", la patria te decía: "¡Por supuesto, toma una escoba, limpia las letrinas y no toques los rifles, no sea que te creas un ser humano!".
Y aquí entra un tipo llamado Oliver Law.
Law era de Texas. Negro, pobre y con la extraña manía de pensar que los hombres nacían iguales. Un comunista, claro. Porque en los años 30, si eras negro y querías que te trataran como a un blanco, el FBI te ponía en una lista de sospechosos. Law miró a su alrededor, vio la Gran Depresión, vio a los policías de Chicago rompiéndole las costillas a los vagabundos y dijo: "Saben qué, este lugar apesta. Me voy a una guerra que tenga más sentido".
Así que cruzó el Atlántico para pelear en la Guerra Civil Española. Piensen en el chiste: un tipo huye de Tejas para irse a una guerra civil en Europa buscando un poco de paz y cordura.
Y allí sucedió el milagro. En España no había leyes de Jim Crow. A los españoles les importaba una mierda el color de tu piel; solo querían saber si podías disparar en la dirección correcta para que los fascistas de Franco no les volaran la cabeza. Law demostró que sabía lo que hacía. Tenía cerebro, tenía agallas y tenía algo que el Pentágono no vería en los siguientes cincuenta años: liderazgo real.
En junio del 37, lo nombraron comandante del Batallón Abraham Lincoln. Un hombre negro mandando a hombres blancos. ¡En una unidad de combate! Estudiosos de Yale, obreros de Nueva York y tipos de los suburbios recibiendo órdenes de un negro de Texas. Si los generales de Washington hubieran visto eso, habrían tenido un derrame cerebral colectivo. En la "Tierra de los Libres", eso era un crimen federal; en la España ensangrentada, era simplemente lógica militar.
Pero, por supuesto, la historia es una comedia negra con un guionista sádico. Un mes después, en una colina llamada Mosquito Ridge, Law se puso de pie para guiar a sus hombres en el asalto —porque los verdaderos líderes no se esconden en búnkers a firmar órdenes con plumas de oro— y un trozo de metal fascista le atravesó el pecho. Fin de la historia. Murió a los 36 años.
Lo enterraron bajo un árbol con una nota que decía: "El primer comandante negro de una fuerza militar americana". Una victoria hermosa, ¿verdad? Un hito para los derechos humanos.
Bueno, no se emocionen tanto. Aquí viene el remate del chiste.
Cuando los supervivientes de la brigada volvieron a Estados Unidos, ¿creen que les hicieron un desfile? ¿Creen que el presidente los invitó a la Casa Blanca? Joder, no. El gobierno los llamó "antifascistas prematuros". ¡Piénsenlo! ¡"Antifascistas prematuros"! Es el lenguaje burocrático en su máxima expresión de demencia. Significa que odiaste a Hitler y a Mussolini demasiado pronto, antes de que el mercado de valores decidiera que era financieramente conveniente odiarlos.
El FBI persiguió a los veteranos, los metió en listas negras, les quitó los pasaportes y borró el nombre de Oliver Law de los libros de texto. ¿Por qué? Porque la historia de un hombre negro que tuvo que irse a morir a diez mil kilómetros de casa para que unos blancos lo respetaran como capitán dejaba en ridículo la gran fachada americana. Era un espejo jodidamente incómodo.
Así que ahí lo tienen. Oliver Law. Un tipo que tuvo que viajar al extranjero para encontrar la igualdad dentro de una trinchera, y que tuvo que morir a manos de los fascistas europeos para escapar de los racistas americanos.
Nos encanta decir que "Dios bendiga a América". Yo creo que si Dios existiera y mirara nuestra historia, simplemente cambiaría de canal.

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