¡Bienvenidos al gran circo de la justicia moderna! Ese maravilloso lugar donde el tamaño de tu chequera determina el tamaño de tu inocencia.
Miren este caso. Es una obra de arte del surrealismo corporativo y doméstico. Tenemos a un exdirector de Pemex —una joya de la corona de la burocracia dorada, de esos que nadan en dinero que tú y yo solo vemos en las películas— atrapado en video. Y no jugando al golf, sino en una bonita, flagrante y filmada agresión doméstica. Las cámaras no mienten, ¿verdad? El público ve el video, se indigna, se le sube la presión, exige cabezas en una bandeja de plata... y pum. Giro de guion digno de Hollywood: la esposa le otorga el perdón legal. Fin de la historia. El villano se va a casa a seguir siendo rico, la víctima se queda con el estigma, y el ciudadano de a pie se queda con cara de idiota.
¿Y qué hace la maravillosa, ilustrada y siempre empática opinión pública en internet? ¡Exacto! Destrozar a la mujer. "¡Le llegaron al precio!", "¡Poderoso caballero don dinero!", "¡Lo ama tanto que prefiere los millones!". Claro que sí, campeones del teclado. Es mucho más fácil sentarse en el inodoro a juzgar la moral de una mujer bajo una presión inimaginable que activar las neuronas y ver el verdadero elefante en la habitación. Nos encanta linchar al eslabón más débil porque mirar al monstruo real da demasiado miedo. Es el viejo truco de la distracción: te hacen mirar la mano que firma el perdón para que no veas la mano que sostiene el fajo de billetes y, probablemente, la amenaza oculta detrás de la espalda.
Porque seamos honestos: el problema no es ella. El problema es el puto sistema. Un sistema diseñado por ricos, para ricos, que funciona exactamente como una máquina expendedora. Metes una moneda de un millón de dólares y ¡tarán!, sale un boleto de "Salga libre de prisión". Le llamamos "acuerdos reparatorios", "criterios de oportunidad", o el elegante "perdón de la víctima". Nombres legales bonitos para algo muy simple: legalizar el precio del delito.
Nos han vendido de que el derecho penal moderno busca la "eficiencia" y la "reparación del daño". ¡Qué tierno! Traducido al cristiano significa: "Si tienes suficiente dinero, puedes comprar tu propia ley de gravedad moral". Si eres un tipo común y corriente y le pegas a alguien, vas a una celda fría que huele a orina. Pero si dirigiste una petrolera estatal, la violencia doméstica no es un crimen; es solo un gasto operativo. Una transacción comercial. Pagas los gastos médicos, pagas el daño moral, le pones unos ceros a la cuenta bancaria y el Estado, ese gran árbitro protector, se lava las manos, da media vuelta y dice: "Bueno, si ellos ya se arreglaron, aquí no ha pasado nada".
¿Por qué el perdón en casos de violencia familiar sigue siendo legal para los poderosos? Porque si eliminaran esa rendija, los creadores del sistema tendrían que empezar a cumplir las reglas que inventaron para los demás. Y eso, amigos míos, jamás va a pasar.
Al final, el mensaje que este maravilloso circo le deja a la sociedad es demoledor y cristalino: la justicia no es ciega, solo está esperando a ver de qué tamaño es la transferencia bancaria. Si vas a romper la ley, asegúrate de romperla a lo grande y con los bolsillos llenos. El resto es solo teatro para que los idiotas se peleen en Facebook mientras los de arriba siguen jugando al monopolio con nuestras vidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario