Un tipo que se quería afiliar al Partido Comunista era entrevistado por el comisario de la zona. “Camarada, si tuvieras dos Rolls-Royce, ¿qué harías?”. “Pues uno para mí y otro para el partido”. “¿Y si tuvieras dos fincas?”. “Una para mí y otra para el partido”. “¿Y si tuvieras dos aviones?”. “Lo mismo: uno para mí y otro para el partido”. Para terminar, el burócrata le preguntó: “¿Y si tuvieras dos gallinas?”. En esto el paisano se quedó pensativo, lo que hizo saltar al comisario: “¡No dudas con dos coches caros ni con dos fincas ni con dos aviones y dudas con dos malditas gallinas!”. A lo que el aspirante a comunista contestó rascándose la cabeza: “Mire, camarada, es que las gallinas sí las tengo”
miércoles, 15 de abril de 2026
Ah, las gallinas. Esas pequeñas traidoras del ideal puro.
La
anécdota es un bisturí envuelto en chiste.
Corta fino. Porque no va del
comunismo, va del yo. De ese yo que se disfraza de épica cuando habla
de lo que no tiene y se vuelve contable, mezquino y muy humano cuando
toca lo propio.
Mientras hablamos de Rolls-Royce,
fincas y aviones —objetos etéreos, fantasmas del deseo— la generosidad
fluye como vodka en congreso del partido.
Total: no duelen.
Son
metáforas.
Son promesas hechas con la billetera ajena y el estómago
lleno… de ideas.
Pero aparecen las gallinas.
Las gallinas ponen huevos.
Las gallinas dan de comer.
Las gallinas existen.
Y ahí se rompe el hechizo.
La historia desnuda una verdad incómoda:
la ideología suele ser altruista solo hasta el punto donde empieza la realidad.
Es
fácil repartir el futuro.
Es barato donar lo imaginario.
El sacrificio
auténtico empieza cuando hay que entregar algo que ya te pertenece, algo
que tiene olor, peso, rutina.
Lo que te sostiene.
No
es una crítica exclusiva al comunismo —sería demasiado simple— sino a
cualquier moral grandilocuente que se practica mejor en abstracto que en
la mesa de la cocina.
El capitalismo tiene sus gallinas, el liberalismo
las suyas, la religión, el activismo, la academia. Todos somos muy
solidarios… hasta que el reparto toca lo nuestro.
La risa que provoca el chiste no es burla: es reconocimiento.
Nos reímos porque nos vemos reflejados, con una gallina bajo el brazo y el manifiesto en la boca.
Moraleja sin barniz:
las convicciones se prueban en lo cotidiano, no en los sueños de grandeza.
Y quien quiera cambiar el mundo haría bien en empezar por ver cuántas gallinas está dispuesto a soltar.
Porque hablar de aviones es ideología.
Pero las gallinas…
las gallinas son política real.
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