jueves, 16 de abril de 2026

 No tengan miedo de pelearse con los chairos. Sí, pelearse con los chairos en las redes. Exiban a los corruptos, exiban a los chairos, que háganlo, claro, enojados. Deben enojarse ante lo que ha pasado. Esto es una tiranía. Es muy importante que entren a esta guerra de propaganda ustedes del lado de México contra la gente de comunicación social de Palacio Nacional y de cada agente de comunicación social de los estados y los municipios que tiene Morena. Porque nuestro dinero lo usan para engañar todos los días persistentemente a las personas. Entonces necesitamos que ustedes ya se metan a los espacios de las redes a hablar. No tengan miedo de pelearse con los chairos. Los chairos muy cómodamente se han apropiado del espacio de conversación pública porque se decían para que me pelee con ellos. No te metas en problemas. O sea, la comodidad por encima de la responsabilidad. No es la diversión ni la comodidad el valor más alto. Es la responsabilidad que tenemos y eso implica sí pelearse con los chairos en las redes. ¿Saben qué? Otras personas que no se quieren pelear lo ven y empiezan a entender y sólo por la palabra, que es lo último que nos queda, les decía, sólo por la palabra, sólo pasando el mensaje, vamos a poder a echar a Morena. Que los vamos a poder sacar como ha sido históricamente cuando echamos al PRI, cuando echamos al PAN, así echaremos a Morena. Lily Téllez


La intervención de Lilly Téllez no es solo un llamado a participar en política; es, más bien, un llamado a militar emocionalmente en la conversación digital. 
Y ahí es donde empieza lo interesante… y lo problemático.
1. La política como guerra (y no como deliberación)
El eje central es claro: “guerra de propaganda”, “pelearse”, “no tengan miedo”. No hay matices, no hay adversarios legítimos: hay bandos. Este encuadre convierte la política en un campo de batalla simbólico donde el objetivo no es comprender ni persuadir, sino vencer y expulsar (“echar a Morena”).
El problema es que, cuando todo es guerra, la verdad se vuelve secundaria; lo que importa es la eficacia del golpe.

2. La emoción como combustible principal
Se insiste en el enojo como motor moral: “deben enojarse”. Esto tiene potencia retórica —el enojo moviliza—, pero también un costo alto: reduce la capacidad crítica. Una audiencia enojada tiende a compartir, reaccionar y atacar… pero no necesariamente a verificar o matizar.
Es una estrategia eficaz para viralizar, pero pobre para construir ciudadanía informada.

3. Simplificación del adversario (“chairos”)
El uso de etiquetas deshumanizantes convierte a un grupo heterogéneo en un bloque uniforme y despreciable. Eso facilita la movilización (“ellos vs. nosotros”), pero empobrece el análisis.
En términos prácticos: si todo el que discrepa es “chairo”, entonces ya no hay razones que escuchar, solo enemigos que derrotar.

4. La narrativa de apropiación del espacio público
Afirma que “ellos” han tomado el espacio digital por la pasividad de “nosotros”. Esto introduce una culpa moral (“comodidad por encima de responsabilidad”) que empuja a la acción.
Pero es discutible: el espacio público digital no es propiedad de un grupo; es un terreno plural donde coexisten voces diversas. Presentarlo como territorio “capturado” justifica la confrontación constante.

5. Una contradicción de fondo
Se invoca “la palabra” como último recurso democrático… pero al mismo tiempo se promueve su uso como arma de confrontación.
Aquí hay una tensión: la palabra que persuade requiere apertura; la palabra que pelea busca cerrar. No pueden dominar ambas al mismo tiempo.
6. Eficacia vs. consecuencias
Este tipo de discurso puede ser eficaz a corto plazo: moviliza bases, genera ruido, crea identidad de grupo.
Pero a largo plazo tiene efectos corrosivos:
Normaliza la agresión como forma de participación política.
Reduce el debate a consignas.
Aumenta la polarización, dificultando cualquier acuerdo futuro.

En síntesis:
El discurso no busca elevar la conversación, sino intensificar el conflicto. Funciona como gasolina: prende rápido, calienta fuerte… pero también deja el aire irrespirable.
Y en un país donde la política ya suele parecer un ring, añadir más golpes no necesariamente acerca la verdad; solo hace que nadie escuche cuando finalmente alguien intenta decir algo sensato.

Nos vendieron la idea de que la revolución ahora vive en los comentarios de Facebook. Que la patria se salva a base de CAPS LOCK y faltas de ortografía. Que si no insultas a alguien antes del desayuno, prácticamente estás traicionando a la nación.

“Claro… porque nada ha cambiado más la historia que decirle ‘idiota’ a alguien con una foto de anime de perfil.”

La propuesta suena heroica: “peleen, enójense, entren a la guerra digital”.
Guerra… ¡Guerra!
Porque claramente lo que le faltaba al mundo era convertir Twitter en el nuevo Desembarco de Normandía, pero con memes mal recortados y tíos compartiendo cadenas de WhatsApp.
Es curioso: te dicen que uses “la palabra”, pero no como puente… sino como ladrillo.
No para construir, sino para aventarlo.
Y entonces aparece la gran ilusión:
que el algoritmo es democracia,
que el enojo es argumento,
y que repetir una consigna es lo mismo que pensar.
Pero aquí está el truco —Carlin lo diría con una sonrisa torcida—:
no te están convirtiendo en un pensador crítico… te están convirtiendo en un amplificador emocional con WiFi.
“¡Defiende a México!”, dicen.
¿De quién?
¿De otros mexicanos con otra opinión?
Eso no es defensa, eso es pelea de gallos con datos móviles.
Y lo más brillante —lo más deliciosamente irónico— es que mientras todos están ahí, gritándose, desgastándose, sintiéndose guerreros digitales…
nadie está escuchando.
Nadie está cambiando de opinión.
Nadie está ganando nada.
Pero oye, al menos el algoritmo está feliz.
Y las métricas suben.
Y la indignación se recicla, como plástico emocional.
Al final, la “guerra” no transforma el país…
solo convierte la conversación en un basurero más ruidoso.
Y ahí estás tú, con el pulgar adolorido, pensando que hiciste historia…
cuando en realidad solo hiciste scroll.

Si ese mismo discurso saliera de la boca de Gerardo Fernández Noroña, la reacción no sería silencio… sería otra película con el mismo guion, pero narrada por un narrador distinto.
Imagina el giro:
— En espacios como Televisa o TV Azteca, el encuadre probablemente sería algo así:
“No es un llamado ciudadano, es incitación al conflicto.”
“El diputado vuelve a polarizar.”
“Lenguaje irresponsable que divide al país.”
— En Grupo Fórmula, lo vestirían de análisis:
“Esto refleja el tono radical de ciertos sectores del oficialismo.”
“¿Dónde queda el diálogo democrático?”
— Columnistas y opinadores dirían, con ceja levantada:
“Populismo digital.”
“Movilización de masas, pero sin ideas.”
“Un peligro para la convivencia.”
Y del otro lado del espejo —medios o audiencias afines a su línea— ocurriría la alquimia inversa:
lo que en Téllez puede leerse como “valentía”, en Noroña sería “coherencia combativa”;
lo que allá es “exceso”, acá sería “defensa del pueblo”.
Es el mismo vino, pero cada quien lo etiqueta como quiere:
unos dirían “veneno”, otros “medicina”.
Lo interesante —y aquí está el truco del mago— es que el contenido cambia menos que la interpretación.
No es tanto qué se dice, sino quién lo dice y desde dónde se escucha.
En política mexicana, la frase no cae en el vacío: cae en un teatro ya montado.
Y cada medio, cada audiencia, ya trae el libreto medio escrito.
Así que, si lo dijera Noroña, no escucharías una evaluación neutral del mensaje…
escucharías un coro afinado según la estación.
Porque en este escenario, la objetividad no desaparece…
pero sí se disfraza. 

Si le quitamos el apellido al discurso —ni Lilly Téllez ni Gerardo Fernández Noroña— y lo dejamos desnudo sobre la mesa, la crítica objetiva cae por su propio peso:
1. Incentiva la confrontación, no la deliberación
Llamar a “pelearse” en redes convierte el espacio público en un campo de batalla emocional. Eso reduce la calidad del debate, porque sustituye argumentos por ataques. No es una opinión: hay abundante evidencia de que la agresividad online endurece posturas en lugar de cambiarlas.
2. Normaliza el uso del enojo como herramienta política
El enojo moviliza, sí, pero también distorsiona el juicio. Un discurso que lo prescribe como deber cívico corre el riesgo de promover reacciones impulsivas en lugar de pensamiento crítico.
3. Deshumaniza al adversario mediante etiquetas
Usar términos como “chairos” (o cualquier etiqueta equivalente) simplifica a personas diversas en un estereotipo. Eso facilita la movilización, pero empobrece el análisis y bloquea el diálogo.
4. Confunde participación con hostilidad
Invitar a “meterse a las redes a hablar” podría ser valioso… pero al vincularlo con pelear, se manda el mensaje de que participar = confrontar, cuando participar también es argumentar, escuchar, cuestionar con rigor.
5. Riesgo de desinformación amplificada
En contextos de alta emoción, la gente comparte más y verifica menos. Un llamado masivo a intervenir en “guerra de propaganda” puede aumentar la circulación de información sesgada o falsa, incluso sin intención explícita.
6. Debilita la legitimidad democrática del desacuerdo
Si el otro bando no es un interlocutor sino un enemigo a “exhibir”, entonces el desacuerdo deja de ser parte natural de la democracia y se vuelve algo que hay que erradicar. Eso erosiona la cultura democrática.
7. Eficacia dudosa para cambiar opiniones
Este tipo de estrategia suele predicar a los convencidos. Genera cohesión interna, pero poca persuasión externa. Es decir: sirve para reforzar tribus, no para construir mayorías amplias.

En limpio, sin poesía:
El discurso es eficaz para movilizar emociones y activar a una base, pero es débil como herramienta de deliberación democrática. 
Prioriza intensidad sobre claridad, identidad sobre argumento, y conflicto sobre comprensión.
Funciona como chispa…
pero no como luz.

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