domingo, 12 de abril de 2026

 Desconfío de cualquier creencia del hombre de la calle.

―H. L. Mencken, A Second Mencken Chrestomathy

Mencken no está diciendo “el pueblo es tonto” a secas —eso sería pereza intelectual—. 
Está diciendo algo más filoso, casi con bisturí y media sonrisa torcida.

El hombre de la calle no piensa: repite.
No cree: hereda consignas.
No duda: consume certezas prefabricadas, como pan blanco envuelto en celofán moral.

Mencken desconfía porque sabe que la opinión promedio no nace del pensamiento, sino del miedo a pensar solo. 
La creencia popular suele ser un refugio: ahí no te linchan, ahí no destacas, ahí no te equivocas en público. Es el consenso como manta térmica.

Hay una ironía cruel:
si una idea es aceptada por todos, probablemente ya fue desinfectada, rebajada, simplificada hasta quedar inofensiva. 
La verdad, cuando es verdad, suele llegar despeinada, impopular, con mala prensa y sin likes.

Mencken —cínico profesional, higienista del pensamiento— desconfía porque la masa tiende a:
confundir costumbre con verdad
moral con estadística
número con razón
No es odio al pueblo; es escepticismo hacia la unanimidad.

Cuando todos creen lo mismo, alguien dejó de pensar… y nadie sabe quién fue primero.

En clave poética:
la multitud piensa en coro,
pero la inteligencia casi siempre canta a capela.

Y ojo: Mencken tampoco nos salva a nosotros.
El lector que asiente demasiado rápido ya se convirtió, sin darse cuenta, en otro hombre de la calle… pero con biblioteca.

En resumen, sin rodeos:
si una creencia es popular, revísala dos veces.
Si es cómoda, revísala tres.
Y si te hace sentir moralmente superior… corre. Ahí huele a dogma.
Mencken guiña un ojo y se va.
El silencio incómodo queda para nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario