Desconfío de cualquier creencia del hombre de la calle.
―H. L. Mencken, A Second Mencken Chrestomathy
Mencken
no está diciendo “el pueblo es tonto” a secas —eso sería pereza
intelectual—.
Está diciendo algo más filoso, casi con bisturí y media
sonrisa torcida.
El hombre de la calle no piensa: repite.
No cree: hereda consignas.
No duda: consume certezas prefabricadas, como pan blanco envuelto en celofán moral.
Mencken
desconfía porque sabe que la opinión promedio no nace del pensamiento,
sino del miedo a pensar solo.
La creencia popular suele ser un refugio:
ahí no te linchan, ahí no destacas, ahí no te equivocas en público. Es
el consenso como manta térmica.
Hay una ironía cruel:
si
una idea es aceptada por todos, probablemente ya fue desinfectada,
rebajada, simplificada hasta quedar inofensiva.
La verdad, cuando es
verdad, suele llegar despeinada, impopular, con mala prensa y sin likes.
Mencken —cínico profesional, higienista del pensamiento— desconfía porque la masa tiende a:
confundir costumbre con verdad
moral con estadística
número con razón
No es odio al pueblo; es escepticismo hacia la unanimidad.
Cuando todos creen lo mismo, alguien dejó de pensar… y nadie sabe quién fue primero.
En clave poética:
la multitud piensa en coro,
pero la inteligencia casi siempre canta a capela.
Y ojo: Mencken tampoco nos salva a nosotros.
El lector que asiente demasiado rápido ya se convirtió, sin darse cuenta, en otro hombre de la calle… pero con biblioteca.
En resumen, sin rodeos:
si una creencia es popular, revísala dos veces.
Si es cómoda, revísala tres.
Y si te hace sentir moralmente superior… corre. Ahí huele a dogma.
Mencken guiña un ojo y se va.
El silencio incómodo queda para nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario