miércoles, 15 de abril de 2026

 “El club de los que nunca se equivocan”

Hay personas que nunca se equivocan. 
Bueno, no en su cabeza, claro. Hitler, Stalin, Mussolini… y sí, incluso Trump. 
Todos ellos comparten un rasgo que los hace irresistibles para sus seguidores y aterradores para los demás: creen que todo lo que dicen es verdad, y si no lo creen, lo fingen tan bien que el mundo termina dudando de sí mismo.

No es sólo narcisismo, aunque eso ayuda. Es una estrategia de supervivencia política: si dudas de ti mismo mientras tienes la autoridad para decidir la vida o muerte de millones, estás perdido. 
La realidad es un lujo, la percepción lo es todo. 
Por eso Hitler pudo decir que estaba salvando a Alemania mientras convertía ciudades en polvo, Stalin podía hablar de comunismo mientras sus campos se llenaban de cadáveres, y Trump podía proclamar “gané las elecciones” mientras la televisión mostraba otra cosa.

Estos líderes tienen un talento especial: filtrar información incómoda, rodearse de aduladores y convencer al mundo de que la certeza es poder. 
No importa si la verdad está allí, golpeando la puerta; lo que importa es que su versión de la verdad sea más ruidosa, más convincente y más entretenida. 
Porque, como diría Carlin, la gente no sigue la realidad, sigue la historia que les hace sentir que todo está bajo control.

Y ahí está la moraleja: mientras estos tipos creen que son dioses de la razón, el resto del mundo solo intenta sobrevivir a la narrativa que construyen. Creen que son infalibles, y por un tiempo, el mundo lo cree también. 
Pero siempre llega el momento en que la realidad los alcanza… y solo entonces la gente recuerda lo que realmente significa tener dos dedos de frente.

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