“El club de los que nunca se equivocan”
Hay
personas que nunca se equivocan.
Bueno, no en su cabeza, claro. Hitler,
Stalin, Mussolini… y sí, incluso Trump.
Todos ellos comparten un rasgo
que los hace irresistibles para sus seguidores y aterradores para los
demás: creen que todo lo que dicen es verdad, y si no lo creen, lo
fingen tan bien que el mundo termina dudando de sí mismo.
No
es sólo narcisismo, aunque eso ayuda. Es una estrategia de
supervivencia política: si dudas de ti mismo mientras tienes la
autoridad para decidir la vida o muerte de millones, estás perdido.
La
realidad es un lujo, la percepción lo es todo.
Por eso Hitler pudo decir
que estaba salvando a Alemania mientras convertía ciudades en polvo,
Stalin podía hablar de comunismo mientras sus campos se llenaban de
cadáveres, y Trump podía proclamar “gané las elecciones” mientras la
televisión mostraba otra cosa.
Estos
líderes tienen un talento especial: filtrar información incómoda,
rodearse de aduladores y convencer al mundo de que la certeza es poder.
No importa si la verdad está allí, golpeando la puerta; lo que importa
es que su versión de la verdad sea más ruidosa, más convincente y más
entretenida.
Porque, como diría Carlin, la gente no sigue la realidad,
sigue la historia que les hace sentir que todo está bajo control.
Y
ahí está la moraleja: mientras estos tipos creen que son dioses de la
razón, el resto del mundo solo intenta sobrevivir a la narrativa que
construyen. Creen que son infalibles, y por un tiempo, el mundo lo cree
también.
Pero siempre llega el momento en que la realidad los alcanza… y
solo entonces la gente recuerda lo que realmente significa tener dos
dedos de frente.
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