martes, 7 de abril de 2026

 La clase dominante triunfa en toda la línea e impone de manera cada vez más penetrante su orden real y simbólico —siempre en nombre del evangelio de la competitividad global— así como la supresión de los derechos fundamentales conquistados en el pasado (trabajo, salud, educación, etcétera).

En la forma de una auténtica «rebelión de las élites», desde 1989 el amo está recuperando todo lo que el esclavo había conseguido a través de la organización y la lucha de clases. Con la realización de la «aristocracia financiera» (Finanzaristokratie), concebida por Marx como el resultado de la financiarización del capital, la nueva élite neofeudal, que controla el nuevo orden mundial, está llevando a cabo una exitosa ofensiva sin precedentes contra un esclavo precarizado y sin conciencia de clase. 
Está desestructurando la dimensión del trabajo y de los derechos, fragmentando la conciencia opositora y neutralizando las formas del disentimiento.
Sin embargo, no nos quitan todo de una vez. Si lo hicieran, el dispositivo utilizado resultaría demasiado evidente y todo el mundo comprendería fácilmente la esencia de la condición neoliberal que estamos viviendo en nuestras propias carnes. 
Por esta razón, la supresión de los derechos es el resultado de una acción continua, lenta y diligente: pieza por pieza, un derecho tras otro, conquista tras conquista, al compás de avances y retrocesos que nunca dan lugar a un auténtico cambio, más bien ocultan el movimiento unidireccional con el que nos están quitando todo, haciendo que parezcan privilegios los que hasta ayer eran derechos. Y así, paso a paso, nos empujan hacia atrás, no nos dejan nada, nos presentan lo impensable como si fuera aceptable.
La astucia de la razón capitalista consiste no solo en la gradualidad con la que lleva a cabo esta supresión organizada de las conquistas, sino también en su habilidad para encargar ese papel a las fuerzas del ala izquierda del espectro político, fuerzas que, mientras tanto, han pasado —traicionando totalmente la letra y el espíritu de Marx y Gramsci— de la lucha contra el capital a la lucha por el capital. De hecho, si las fuerzas de la derecha tradicional hubieran actuado en esa dirección, enseguida resultaría evidente la verdadera naturaleza del proceso que hoy se está llevando a cabo y, eventualmente, podría organizarse, desde abajo hacia arriba, la reacción de los que no se conforman. 
El entorno en que vivimos, donde es cada vez más evidente la refeudalización de las relaciones sociales, la actual «carnicería social», en nombre de la supresión de los derechos, de los recortes salariales y, en general, de la masacre del esclavo, actúa aprovechando el hecho de que el delantal rojo de las izquierdas oculta las salpicaduras de sangre de los trabajadores y los jubilados, los precarios y los desempleados.
Diego Fusaro 

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