La apreciación de la desigualdad que hace Rand es igualmente desgarradora. Cito del discurso de Galt:
El
hombre en la cima de la pirámide intelectual es el que más contribuye
en beneficio de todos los que están por debajo, pero no obtiene nada
salvo una retribución material, no recibe de los demás ninguna
recompensa intelectual que pueda sumarse al valor de su tiempo. El
hombre que se encuentra abajo, que si lo dejáramos solo se moriría de
hambre debido a su irremediable ineptitud, en nada contribuye a los que
están por encima de él, pero obtiene el beneficio de todos esos
cerebros. Esa es la naturaleza de la «competición» entre los fuertes y
los débiles de intelecto. Ese es el modelo de «explotación» por el que
habéis condenado a los fuertes.
Lo
que dice Ayn Rand en boca de John Galt no es solo una defensa del
talento; es una inversión completa del relato moral tradicional.
Donde
muchos ven explotación del débil, ella ve explotación del fuerte.
Cambia
el foco, como quien gira un espejo y de pronto el héroe y el parásito
intercambian máscaras.
Su argumento tiene tres capas.
Primero,
una afirmación sobre el valor:
el “hombre en la cima” crea más de lo
que consume. Es el motor, el arquitecto invisible, el que hace que el
mundo funcione. Aquí Rand no está sola; hay ecos de teorías del capital
humano y del genio creador. Pero ella radicaliza la idea: no solo
producen más, sino que sostienen a todos los demás.
Segundo,
una queja moral: esos creadores no reciben “recompensa intelectual”. Es
decir, el reconocimiento, la admiración o la reciprocidad simbólica no
compensan lo que dan. Aquí la herida es casi estética: no se trata solo
de dinero, sino de dignidad. El genio, según Rand, vive rodeado de
beneficiarios que no lo comprenden.
Tercero, la
acusación más dura: los menos capaces no solo reciben ayuda, sino que
viven de ella sin aportar nada relevante. Y peor aún, condenan
moralmente a quienes los sostienen. La palabra clave es “explotación”:
Rand la secuestra y la redefine.
Ahora, el problema.
Rand
construye un mundo demasiado limpio. Divide la humanidad en dos: mentes
brillantes y cargas inútiles.
Pero la realidad es más sucia, más
mestiza.
El ingeniero necesita al obrero; el científico, al técnico; el
escritor, al lector.
Incluso el genio más aislado está tejido en una red
social que lo formó, lo educó y lo sostiene.
Nadie aparece en la cima
sin una escalera previa.
Además, su idea de
“contribución” es estrecha. Mide sobre todo la producción intelectual o
económica, pero deja fuera otras formas de valor: cuidado, estabilidad
social, trabajo repetitivo pero necesario.
Bajo su lente, muchas
funciones humanas parecen invisibles, cuando en realidad son el suelo
que permite que el “hombre en la cima” no se estrelle.
Y
luego está el tono: hay algo casi darwinista, una estética de la
dureza. El débil no es alguien en circunstancia difícil, sino alguien
“irremediablemente inepto”. Esa palabra no describe: sentencia.
Y cuando
una filosofía empieza a repartir etiquetas finales, deja de analizar y
empieza a juzgar.
La pregunta es si
su diagnóstico —los débiles como parásitos— explica el mundo o
simplemente lo simplifica para hacerlo soportable.
En
resumen: es un discurso potente, afilado como vidrio, pero peligroso en
su claridad. Porque a veces lo más convincente no es lo más verdadero,
sino lo más cómodo para quien quiere verse como excepción.
Y
ahí está la trampa: todos, en secreto, creemos ser ese hombre en la
cima. Aunque estemos, la mayoría del tiempo, haciendo fila en la base.
No hay comentarios:
Publicar un comentario