jueves, 26 de marzo de 2026

 Uno de los más fervientes y, por cierto, el más eficaz de los abogados de esta doctrina en Inglaterra fue el idealista industrial manufacturero galés Robert Owen. Su credo se sintetiza en la sentencia inscrita en el encabezamiento de su diario El nuevo mundo moral: «Cualquier carácter, desde el mejor hasta el peor, desde el más ignorante hasta el más ilustrado, puede conferirse a cualquier comunidad y aun al mundo entero por la aplicación de medios adecuados, medios que, en gran medida, se hallan en manos y bajo el control de aquellos que influyen en los asuntos de los hombres». Había demostrado triunfantemente la verdad de su teoría al establecer condiciones ejemplares en su hilandería de New Lanark, limitando las horas de trabajo y disponiendo medidas para salvaguardar la salud de los obreros y constituir un fondo de ahorro. Gracias a estas medidas incrementó la productividad de su fábrica, elevó considerablemente el nivel de vida de sus obreros y, lo que resultaba aún más imponente, triplicó su fortuna. New Lanark se convirtió en centro de peregrinación de reyes y estadistas y, como era el primer experimento coronado por el éxito de cooperación pacífica entre el trabajo y el capital, ejerció considerable influencia en la evolución histórica del socialismo y de la clase trabajadora. Sus últimos intentos de reformas prácticas fueron menos afortunados. Owen, que murió a edad avanzada a mediados del siglo XIX, fue el último sobreviviente del período clásico del racionalismo y, con incólume fe a pesar de los repetidos fracasos, creyó hasta el fin de sus días en la omnipotencia de la educación y en la perfectibilidad del hombre.

Isaíah Berlin 

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