«Sociedad civil» es hoy un término del vocabulario político, y los diccionarios al uso no bastan para su definición. El grupo de trabajo al que Kofi Annan encargó estudiar las relaciones de la ONU con la sociedad civil, sí dio con una definición de ese magma: «Se refiere a las asociaciones de ciudadanos (distintos de sus familias, amigos y negocios) que éstos integran voluntariamente con el fin de promover sus intereses, ideas e ideologías. El término no incluye actividades con fines de lucro (el sector privado) o de gobierno (el sector público). Son de especial relevancia para las Naciones Unidas las organizaciones de masas (como las organizaciones de campesinos, mujeres o jubilados), los sindicatos, las asociaciones de profesionales, los movimientos sociales, las organizaciones de pueblos indígenas, las organizaciones religiosas y espirituales, el mundo académico y las organizaciones no gubernamentales que benefician al público». El mismo informe precisa que, del ámbito empresarial, sólo las fundaciones filantrópicas que se financian con dinero del sector privado podrían en algunos casos considerarse sociedad civil, así como los individuos que ejercen la libertad de expresión mediante los nuevos cauces que permite internet, pero no los medios de comunicación comerciales, que «son indudablemente empresas privadas».
La ambigüedad en torno al concepto de sociedad civil se deshace al observar una regla que no suele fallar. Cuando el discurso conservador emplea la expresión «sociedad civil» y le dedica obsequiosos elogios, se refiere al sector empresarial, es decir, a lo que no es sociedad civil, sino parte del poder económico rampante. Por el contrario, si no emplea la expresión «sociedad civil» y desacredita una iniciativa privada, invariablemente se trata de la auténtica sociedad civil, que ha llegado a ser molesta. Algunos ejemplos lo ilustran: cuando la sociedad civil emergió en forma de manifestaciones contra la guerra de Irak ante el rancho de Bush, se les llamó «antipatriotas»; cuando se aglutinó en España al grito de «Nunca mais», fue vinculada a Batasuna para desprestigiarla; cuando el espíritu emprendedor de un individuo cristalizó en una asociación dedicada a rescatar los cuerpos de los miles de republicanos que permanecen en fosas comunes, los tacharon de propiciar la división de los españoles. En todos los casos se rehuía el término «sociedad civil»: se era consciente de que la expresión concede legitimidad a sus actividades.
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