Como se lamentaba un ingenioso conservador al hablar de la visión de la socialdemocracia que tenía John Dewey, «se han hecho tantos malabares con las definiciones de libertad e igualdad que las dos se refieren aproximadamente a la misma condición».
Corey Robin
El
lamento del ingenioso conservador apunta a una sospecha clásica: que en
manos de la socialdemocracia —y en la lectura pragmatista de John
Dewey— libertad e igualdad han sido retorcidas hasta volverse casi
sinónimos.
Un truco semántico digno de circo, diría él.
¿Qué está en juego?
Para el conservador tradicional, los términos son distintos y deben seguir siéndolo:
Libertad: que el Estado no se meta demasiado; déjame en paz, aunque nazca pobre, enfermo o en la periferia del mundo.
Igualdad: ante la ley, sí; en la vida real… mala suerte, campeón.
Dewey rompe esa vitrina.
Dewey y el escándalo pragmatista
Para John Dewey, la libertad no es un concepto abstracto ni una bandera que ondea en el vacío.
La libertad solo existe si puede ejercerse. Y para ejercerse, hacen falta condiciones materiales, educativas, sociales.
Dicho sin lirismos:
no eres libre si no puedes leer, comer, pensar, participar.
Entonces, ¿qué hace la socialdemocracia de inspiración deweyana?
Afirma algo que al conservador le suena a herejía:
Sin cierta igualdad de condiciones, la libertad es un privilegio, no un derecho.
Ahí empieza el “malabarismo”.
El truco que denuncia el conservador
Cuando
el Estado garantiza educación, sanidad, derechos laborales o redes de
protección, no lo hace contra la libertad, dice Dewey, sino para hacerla
real.
Pero el conservador ve otra cosa:
La libertad deja de ser ausencia de coerción
y pasa a ser capacidad efectiva.
Resultado:
libertad = igualdad de oportunidades mínimas
igualdad = condición de posibilidad de la libertad
Y entonces —¡oh, horror!— las palabras empiezan a rozarse, a confundirse, a bailar demasiado juntas.
El fondo del desacuerdo
El lamento no es lingüístico, es ideológico.
Para el conservador: mezclar libertad e igualdad es diluir la libertad, volverla dependiente del Estado, domesticarla.
Para
Dewey: separarlas es una ficción elegante que protege a los ya libres y
abandona al resto con una palmada moral en la espalda.
En resumen
El conservador dice:
“Nos están cambiando las palabras”.
Dewey responde:
“No. Estamos cambiando la realidad que esas palabras deberían describir”.
Y ahí quedan, uno cuidando definiciones como porcelana antigua,
el otro usando los conceptos como herramientas de taller: se ensucian, pero sirven.
La libertad pura es poesía.
La libertad con igualdad mínima es prosa… pero se vive en ella.
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