Parece que todas las ideologías están dentro de un viejo baúl apolillado.
Los intentos de seguir diferenciando entre derecha e izquierda son viajes que precisan o pocas alforjas o demasiadas. O se entiende sencillo o no se entiende nada. Valen en la discusión de bar, pero no resisten una discusión académica, aunque algunos se esmeren queriendo inventar indicadores que se caen en cuanto los partidos hacen un giro de 180 grados (e incluso cuando el giro es de 360).
La cosa se complicó sobremanera cuando los partidos socialdemócratas, que se decían de izquierdas, asumieron hacer políticas tradicionalmente de la derecha. También porque la derecha empezó a decir que eran liberales y porque los comunistas, a su vez, que ellos eran los verdaderos socialistas.
Entonces fue cuando los de centro comenzaron a decir que eran de centro-izquierda o de centro-derecha, lo que llevó a que otros dijeran que eran de centro-centro y así en una espiral inagotable. Solo los anarquistas parecen estar en su sitio. Aunque también habría que explicar su querencia por el fraccionalismo. En uno de los intentos más fructíferos de clarificar ese continuum, el filósofo político italiano Norberto Bobbio dijo que la izquierda seguía apuntando más a la igualdad de clase, género y raza, mientras que la derecha parecía más inclinada a la libertad, sobre todo a la libertad negativa.
Esto de la libertad negativa al final fue entendido por los liberales como que el Estado no debe interferir en la vida de los que son autosuficientes, que debe regular lo mínimo, que debe dejar a cada cual tomar sus decisiones y, sobre todo, que no tiene que decir cómo debe funcionar el “mercado” laboral. Por supuesto, en esa lectura cobrar impuestos se convierte en la bestia negra de los que solo ven su libertad particular.
Sabemos que, en nombre del liberalismo, esa libertad negativa postula que todo el mundo tenga derecho a dormir si quiere debajo de un puente o a tener tres Jaguar en su garaje o dejar las luces encendidas o conducir un 4x4 en la ciudad o en un parque natural. Este argumento tendría algo más de fuerza si no fueran siempre los mismos los que tienen casas con muchas habitaciones, los Jaguar y 4x4 en el garaje, y los mismos a los que les toca sufrir toda suerte de calamidades. Los que piden que el Estado no debe impedir a nadie dormir debajo de un puente nunca duermen debajo de un puente.
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