lunes, 9 de marzo de 2026

 Votar por la derecha no es darle like a un tuit enojado ni repetir un eslogan envuelto en bandera. Es comprar —consciente o inconscientemente— un paquete completo: menos Estado para algunos, más mercado para otros, jerarquías presentadas como “orden natural”, desigualdad maquillada de “mérito” y una nostalgia selectiva por un pasado que nunca fue tan dorado como lo pintan.

Si alguien solo consume TikTok y Twitter de derecha dura, lo que recibe no es pensamiento político, sino publicidad ideológica en formato snack: frases rápidas, villanos claros, cero contexto histórico y una épica de víctima permanente. 
El algoritmo no informa: entrena reflejos. Como perro de Pavlov, pero con Wi-Fi.
Sin historia no hay brújula.
Sin lectura no hay matices.
Sin contraste no hay decisión, solo reacción.
Entonces esa persona no “elige” la derecha:
la repite.
No vota un proyecto: vota una emoción (miedo, enojo, resentimiento, fantasía de orden). 
Es política hecha con adrenalina, no con ideas.
Y ojo: esto vale para cualquier trinchera. 
Pero la derecha mediática actual vive de eso: de que no preguntes qué pasó antes, quién ganó siempre y quién pagó la cuenta.
Así que no: no sabe lo que significa votar por la derecha.
Sabe cómo se siente votar por la derecha.
Y confundir sentimiento con conocimiento es el truco más viejo del poder:
te quitan el libro, te dan el megáfono y te dicen que eso es libertad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario