Hay momentos en que la política revela su verdadera naturaleza.
No cuando los partidos hablan de democracia, justicia o pueblo.
Sino cuando llega la hora de renunciar a algo que les beneficia.
Ahí se ve todo.
Porque hacer lo correcto cuando conviene no tiene mérito.
Lo difícil —lo verdaderamente ético— es hacer lo correcto aunque signifique perder poder, privilegios o posiciones.
Durante décadas nos dijeron que muchos mecanismos del sistema político existían por el bien de la democracia.
Pero cuando llega la oportunidad de reformarlos, de reducir privilegios o de cambiar reglas que benefician a las cúpulas, entonces aparecen las excusas, los discursos técnicos y las votaciones convenientes.
Y es ahí donde la ciudadanía entiende algo muy simple:
El problema de la política no es la falta de discursos.
Es la falta de renuncias.
Porque una democracia madura no se mide por cuántos cargos existen, sino por cuántos privilegios están dispuestos a abandonar quienes los tienen.
Hacer lo correcto solo cuando te beneficia no es ética.
Es cálculo.
La verdadera prueba del compromiso democrático es otra:
hacer lo correcto incluso cuando no te conviene.
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