viernes, 27 de marzo de 2026

 La historia lo confirma con una sonrisa torcida: la izquierda y la derecha solo se dan la mano cuando sienten que el piso se abre. No se abrazan; se atrincheran juntas.

Pasa cuando aparece una ideología contingente —no eterna, no filosófica, sino urgente, de esas que no piden permiso— y amenaza algo más profundo que los programas: el orden mismo del juego.
Ejemplos, sin rodeos:
Frente al fascismo clásico, liberales, socialistas y conservadores hicieron causa común. No porque coincidieran, sino porque el fascismo quería abolir la pelea, no ganarla.
Frente a revoluciones sociales radicales, derechas e izquierdas moderadas se han aliado para salvar instituciones que, hasta ayer, se insultaban.
Frente al comunismo durante la Guerra Fría, muchas socialdemocracias se volvieron súbitamente amigas del mercado y de la OTAN. 
El enemigo no era la desigualdad; era el Apocalipsis rojo.
La clave es esta —anótala como verso breve:
Cuando una ideología no quiere gobernar el sistema
sino reemplazarlo,
el sistema se vuelve sentimental.
Entonces ocurre el milagro cínico:
la izquierda descubre el valor de la nación,
la derecha se enamora de la democracia,
y ambos juran defender principios que ayer les parecían negociables.
¿Es posible hoy?
Claro.
Pero no contra cualquier cosa.
No se unirán contra el neoliberalismo (eso es pelea doméstica).
Ni contra el progresismo cultural (eso es guerra civil).
Se unirían contra algo que:
niegue la legitimidad de la política misma,
cancele el conflicto en nombre de una verdad total,
convierta al adversario en un error ontológico.
Ahí sí.
Ahí la izquierda y la derecha dejan de ser ideas y se vuelven reflejos de supervivencia.
Dura poco.
Cuando el peligro pasa, vuelven los cuchillos.
La historia es una tregua mal firmada.

Ejemplos donde izquierda y derecha se tomaron del brazo… con la otra mano en el cuchillo.

1. Europa frente al fascismo (años 30–40)
Quiénes se unieron: liberales, socialdemócratas, conservadores.
Contra qué: el fascismo como ideología que no quería ganar elecciones, sino cancelarlas.
Churchill y los laboristas.
De Gaulle y los comunistas.
Burgueses y obreros compartiendo trinchera.
No era amor a la igualdad ni respeto al mercado.
Era una certeza brutal:
si el fascismo gana, no habrá izquierda ni derecha; habrá silencio.
2. Chile post-Pinochet (1988–1990)
Quiénes: demócrata-cristianos, socialistas, liberales de derecha “civilizada”.
Contra qué: la continuidad autoritaria del régimen.
La Concertación fue un pacto antinatural pero lúcido.
La izquierda aceptó el mercado.
La derecha aceptó elecciones reales.
Ambos aceptaron no mirarse demasiado al pasado.
Fue una alianza contra el fantasma de la dictadura, no por un futuro común.
Un matrimonio por conveniencia histórica.
3. España, Transición (1977–1978)
Quiénes: franquistas reciclados + comunistas + socialistas.
Contra qué: la posibilidad de otra guerra civil o un retorno del autoritarismo puro.
La derecha tragó pluralismo.
La izquierda tragó monarquía.
Todos tragaron silencio sobre los muertos.
Una alianza para cerrar la herida sin limpiarla.
Funcional. Cínica. Eficaz.
4. Estados Unidos frente al macartismo tardío y al populismo “antipolítico”
Quiénes: liberales, conservadores institucionalistas, izquierda moderada.
Contra qué: ideologías que negaban la legitimidad del adversario.
Cuando el enemigo no es una política sino la política misma,
el sistema se defiende como cuerpo herido.
No siempre gana.
Pero cuando reacciona, lo hace unido.
5. Sudáfrica post-apartheid
Quiénes: élites blancas conservadoras + izquierda negra (ANC).
Contra qué: una guerra civil racial.
La derecha aceptó perder el poder político.
La izquierda aceptó no tocar la estructura económica de inmediato.
No fue justicia.
Fue contención del desastre.

Regla general (en verso corto):
La izquierda y la derecha se unen
cuando el enemigo no discute ideas,
sino la existencia del tablero.
Cuando la ideología contingente quiere:
abolir elecciones,
eliminar al adversario,
imponer una verdad total,
entonces el pluralismo se vuelve conservador
y el conservadurismo aprende a fingir pluralismo.


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