viernes, 27 de marzo de 2026

 En aquel laberinto de luchas por el poder, Hitler salió vencedor. Pocos intermediarios políticos o grupos de elite no nazis de la industria, el comercio, las finanzas, la agricultura, la función pública o el ejército tenían a Hitler como su favorito. Pero en enero de 1933, cuando el resto de las alternativas parecían agotadas, la mayor parte de ellos, con los grandes terratenientes a la cabeza, estaba dispuesta a acoger a un Gobierno de Hitler. De haberse opuesto, la llegada de Hitler a la cancillería hubiera sido impensable; necesitaba de las elites para alcanzar el poder. Estas, a su vez, necesitaban a Hitler en enero de 1933, puesto que solo él podía aportar el apoyo popular necesario para imponer una solución autoritaria sostenible para la crisis del capitalismo y del Estado en Alemania. Esta era la base del trato que llevó a Hitler al poder el 30 de enero de 1933.

Antes de que el nazismo adquiriera su enorme base entre las masas y de que se convirtiera en una fuerza que no se podía pasar por alto en las negociaciones electorales, su importancia resultaba poco significativa para los intereses de las elites. Como ya se ha visto anteriormente, Hitler no habría llegado a ser el «tambor» de la derecha en Baviera antes del putsch sin el patronazgo y la protección de la flor y nata de la buena sociedad de Múnich.
Pero, lógicamente, en los «años buenos» de Weimar que siguieron a la estabilización de la moneda, los «capitanes de industria», la burguesía terrateniente y la cúpula del ejército tenían pocos motivos para mostrar algo que no fuera un interés escaso por el partido de Hitler, situado en la periferia de la escena política.
Ian Kershaw 

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