Democracia se ha vuelto una palabra-envase: todos la agitan, pocos la llenan.
Un frasco bonito, etiqueta dorada, contenido cada vez más diluido.Antes nombraba poder del pueblo; hoy suele nombrar gestión del permiso.
Votas, sí —ritual intacto—, pero decides poco.
El mercado manda, los lobbies susurran, los medios hipnotizan, y la política administra lo inevitable con sonrisa institucional.
La democracia no muere de golpe; se desangra por eufemismo.
Cuando llamar “democrático” a algo ya no exige igualdad real,
ni deliberación informada,
ni justicia material,
ni siquiera verdad.
Basta con cumplir el trámite y apagar la pregunta.
También se vacía porque se volvió fetiche:
se invoca como conjuro (“esto es democrático, no preguntes más”),
no como práctica viva que incomoda, discute y reparte poder de verdad.
Y lo vivo siempre es molesto.
Lo muerto, decorativo.
¿Está cerca su muerte?
Tal vez no un funeral, sino algo peor:
una democracia zombi, que camina, habla, vota…
pero ya no recuerda para qué nació.
Aunque ojo —guiño lúcido—:
las palabras no mueren solas.
Las matan cuando dejamos de exigirles sentido.
Y a veces resucitan cuando alguien, sin permiso,
vuelve a tomarlas en serio.
La democracia no pide fe.
Pide conflicto, memoria y desobediencia bien pensada.
Lo demás es marketing con urnas.
Es una imagen precisa y cruel —como debe ser.
La democracia salió a correr con épica, pancarta y aplausos…
llegó al km 10, sudada, orgullosa, creyéndose eterna,
y ahí mismo le dio el mal del siglo: falta de oxígeno social.
Arrancó fuerte: sufragio, derechos, promesas de igualdad.
Pero nadie le dijo que esto no era sprint histórico
sino maratón estructural.
Y en el km 10 apareció lo de siempre:
el dinero marcando el ritmo,
los medios cambiando el mapa,
las élites viajando en coche mientras el pueblo corría a pie.
La democracia se cansó porque la cargaron de peso muerto:
corrupción normalizada,
desigualdad aceptada como clima,
ciudadanos convertidos en espectadores con camiseta y refresco.
“Participa”, le dicen,
pero solo en la porra, no en la estrategia.
Y lo peor: muchos aplauden su desmayo
porque confunden cansancio con fracaso.
“¿Ves? No servía”, dicen,
mientras ya entrenan a un atleta autoritario,
rápido, simple, musculoso de eslóganes,
que promete llegar a la meta…
aunque sea solo él.
Tal vez la democracia no esté muerta.
Tal vez está tirada en el asfalto,
preguntándose por qué corre sola
cuando la carrera era colectiva.
La pregunta no es si terminó el maratón.
La pregunta es quién le robó el agua
y quién decidió que el km 10 era suficiente.
Sí.
La democracia es un animal rarísimo,
no un perro callejero sino un lince político: esquivo, nocturno,
mal entendido incluso por quienes juran protegerlo.
Apareció pocas veces en la historia
y casi siempre herido.
Atenas: breve y excluyente.
Revoluciones modernas: fogonazo y enseguida correa.
Estados constitucionales: jaula elegante, comida regular,
libertad vigilada.
Hoy figura en el catálogo de especies protegidas
pero vive rodeada de cazadores con credencial.
No la matan de un balazo —eso sería escándalo—,
la extinguen con procedimientos:
excepciones, tecnicismos, urgencias permanentes,
“por tu bien”, “por seguridad”, “por gobernabilidad”.
Lo trágico es que muchos nunca la han visto viva.
Confunden democracia con urna,
con logo institucional,
con un spot donde alguien sonríe y promete futuro.
Eso no es el animal:
es la foto borrosa.
La democracia real huele mal a veces,
hace ruido, se pelea,
reparte poder y por eso incomoda.
Por eso casi no se deja ver:
necesita ciudadanía despierta,
igualdad mínima,
memoria larga.
Tres cosas escasas.
Tal vez aún respira,
escondida en reservas pequeñas:
barrios que deciden,
asambleas incómodas,
movimientos que no piden permiso.
Si desaparece, no será por falta de discursos,
sino por falta de gente que la reconozca
cuando pasa corriendo,
flaca, despeinada,
pero viva.
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