«Tendencia al conformismo en el mundo contemporáneo, más extendida y más profunda que en el pasado: la estandarización del modo de pensar y de actuar adopta extensiones nacionales o incluso continentales».
A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel
Gramsci
lo vio venir como quien huele lluvia antes de que caiga: no hablaba de
una masa obediente a golpes, sino de algo más fino y más peligroso—el
conformismo por consentimiento.
Nadie te apunta con un fusil; te apuntan
con una pantalla.
La estandarización ya no
necesita botas: usa algoritmos.
Se piensa parecido, se desea parecido,
se indigna en sincronía.
Cambian los acentos, pero la melodía es la
misma. Como karaoke continental: millones cantando “sé tú mismo” con la
misma letra, el mismo ritmo, la misma coreografía. Ironía premium.
Antes,
el conformismo tenía fronteras claras: nación, iglesia, partido. Hoy es
transnacional y atmosférico. No se impone: se respira. Y como el aire,
parece natural.
Ahí está la trampa que a Gramsci le habría arrancado una
sonrisa amarga: cuando la hegemonía ya no se discute porque ni siquiera
se percibe como poder.
El sujeto contemporáneo
cree elegir; en realidad, elige dentro de un menú previamente masticado.
Opiniones “propias” en envase industrial.
Rebeldías con código de
barras.
La disidencia permitida, curada, monetizada.
El sistema no teme
al inconforme: lo invita al talk show.
Lo más hondo
del diagnóstico gramsciano es esto: el conformismo no es solo externo,
es interiorizado. Se vuelve ética, sentido común, “así son las cosas”. Y
cuando el sentido común se uniforma, pensar distinto ya no parece
peligroso: parece ridículo, exagerado, incómodo.
El castigo no es la
cárcel: es la risa ajena, el silencio, el algoritmo que te entierra.
¿Salida?
Gramsci no ofrece consuelo barato. Pero deja una pista: la batalla no
es solo política, es cultural y cotidiana.
Pensar contra la corriente
exige esfuerzo, soledad, tiempo lento. Es antieconómico. Por eso es
subversivo.
En resumen: el conformismo actual no
grita órdenes; susurra normalidades. Y quien no afina con el coro,
desafina como hereje en misa pop.
Pero justo ahí—en esa nota
torcida—todavía respira la posibilidad de pensar.
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