martes, 24 de marzo de 2026

 «Tendencia al conformismo en el mundo contemporáneo, más extendida y más profunda que en el pasado: la estandarización del modo de pensar y de actuar adopta extensiones nacionales o incluso continentales».

A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel

Gramsci lo vio venir como quien huele lluvia antes de que caiga: no hablaba de una masa obediente a golpes, sino de algo más fino y más peligroso—el conformismo por consentimiento. 
Nadie te apunta con un fusil; te apuntan con una pantalla.
La estandarización ya no necesita botas: usa algoritmos. 
Se piensa parecido, se desea parecido, se indigna en sincronía. 
Cambian los acentos, pero la melodía es la misma. Como karaoke continental: millones cantando “sé tú mismo” con la misma letra, el mismo ritmo, la misma coreografía. Ironía premium.
Antes, el conformismo tenía fronteras claras: nación, iglesia, partido. Hoy es transnacional y atmosférico. No se impone: se respira. Y como el aire, parece natural. 
Ahí está la trampa que a Gramsci le habría arrancado una sonrisa amarga: cuando la hegemonía ya no se discute porque ni siquiera se percibe como poder.
El sujeto contemporáneo cree elegir; en realidad, elige dentro de un menú previamente masticado. Opiniones “propias” en envase industrial. 
Rebeldías con código de barras. 
La disidencia permitida, curada, monetizada. 
El sistema no teme al inconforme: lo invita al talk show.
Lo más hondo del diagnóstico gramsciano es esto: el conformismo no es solo externo, es interiorizado. Se vuelve ética, sentido común, “así son las cosas”. Y cuando el sentido común se uniforma, pensar distinto ya no parece peligroso: parece ridículo, exagerado, incómodo. 
El castigo no es la cárcel: es la risa ajena, el silencio, el algoritmo que te entierra.
¿Salida? Gramsci no ofrece consuelo barato. Pero deja una pista: la batalla no es solo política, es cultural y cotidiana. 
Pensar contra la corriente exige esfuerzo, soledad, tiempo lento. Es antieconómico. Por eso es subversivo.
En resumen: el conformismo actual no grita órdenes; susurra normalidades. Y quien no afina con el coro, desafina como hereje en misa pop. 
Pero justo ahí—en esa nota torcida—todavía respira la posibilidad de pensar.

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