domingo, 8 de febrero de 2026

 Históricamente, los conservadores han favorecido la libertad para las clases más elevadas y restricciones para los estamentos más bajos. Lo que al conservador le desagrada de la igualdad, en otras palabras, no es que amenace la libertad, sino que esta se extienda. Porque en esa extensión ve una pérdida de su propia libertad. «Todos estamos de acuerdo con respecto a nuestra propia libertad», declaró Samuel Johnson. «Pero no estamos de acuerdo con respecto a la libertad de los demás: cuando nosotros la conseguimos, otros la deben perder en la misma proporción. Creo que no tenemos muchos deseos de que la masa tenga la libertad de gobernarnos».

Corey Robin

Corey Robin aquí no escribe: desenmascara. Levanta la alfombra del conservadurismo y debajo no encuentra dragones abstractos llamados “libertad”, sino algo mucho más pedestre: miedo a compartirla.
El argumento es elegante y cruel como un soneto bien rimado:
al conservador no le horroriza la igualdad porque limite la libertad, sino porque la democratiza. La vuelve contagiosa. La saca del club privado y la pone a circular por la calle, como pan caliente o ideas peligrosas.
La frase de Samuel Johnson es una joya venenosa. Todos queremos libertad —claro—, pero para nosotros. Cuando la libertad baja de clase social, deja de ser un derecho y pasa a ser una amenaza. La masa, ese sujeto incómodo, sudoroso y votante, no debería gobernar… porque gobernar implica decidir, y decidir implica poder. Y el poder, cuando se reparte, adelgaza.
Ahí está el núcleo del conservadurismo que describe Robin:
no es una doctrina del orden, ni de la tradición, ni siquiera del mercado. Es una política de la jerarquía. Una defensa celosa del “yo mando aquí” envuelto en lenguaje noble. La libertad funciona como un vino caro: exquisito mientras pocos lo beben; vulgar en cuanto se sirve en vasos de cantina.
Por eso históricamente el conservadurismo tolera —e incluso celebra— libertades arriba y exige disciplina abajo. Libertad para contratar, pero no para sindicalizarse. Libertad de expresión para el editorialista, no para el huelguista. Libertad para heredar fortunas, no para cuestionarlas.
La igualdad no les quita libertad: les quita exclusividad.
Robin apunta algo incómodo pero certero: muchas batallas “en defensa de la libertad” son en realidad guerras preventivas contra la emancipación ajena. El conservador no teme al caos; teme que quien hoy obedece mañana decida.
En el fondo, el conservadurismo no pregunta “¿somos libres?”, sino “¿quién lo es y quién no?”.
Y cuando la respuesta amenaza con ser “todos”, entonces —qué casualidad— la libertad empieza a parecer peligrosa, inmadura, prematura. Como si el pueblo fuera un adolescente al que nunca se le permite crecer… porque crecer implica dejar de pedir permiso.
La libertad extendida no encadena: desnuda. Y eso, para quien siempre tuvo las llaves, resulta intolerable.

Las cláusulas pétreas —esas partes de la Constitución que no se tocan “ni con el pétalo de una rosa”— suelen presentarse como guardianas solemnes de la libertad y el orden. Pero, vistas con el lente de Corey Robin, revelan otra cosa: el miedo a que la democracia se tome en serio a sí misma.

La pregunta clave es simple y brutal:
si el pueblo es soberano, ¿por qué hay zonas prohibidas a su voluntad?

Las cláusulas pétreas dicen: pueden decidir… pero no demasiado. Voten, deliberen, discutan; pero no cuestionen los cimientos de la constitución. Es una democracia con correa: corre, pero hasta donde yo digo.
En abstracto, se justifican como diques contra el autoritarismo. En la práctica histórica, muchas veces han servido para congelar relaciones de poder: monarquías intocables, modelos económicos sacralizados, estructuras territoriales blindadas, derechos de propiedad elevados a teología. No es que protejan la libertad; protegen una versión de la libertad ya distribuida.
Aquí encaja perfecto la lógica conservadora que señala Robin:
no es que teman que el cambio destruya la libertad, sino que la redistribuya. Que lo que hoy es privilegio constitucional mañana sea deliberación política. Y eso da pánico.
La Constitución, en este esquema, deja de ser un contrato vivo y se convierte en un testamento: habla la voz de los muertos, y los vivos obedecen con respeto funerario. La soberanía popular queda como invitada de honor… pero sin micrófono.
Ahora, matiz necesario (porque no todo es caricatura): no toda cláusula pétrea es reaccionaria. Algunas protegen mínimos civilizatorios reales —derechos humanos básicos, prohibición de la esclavitud, igualdad jurídica—. El problema surge cuando lo “intocable” no protege a los vulnerables, sino a los intocables.
Dicho sin rodeos:
cuando lo pétreo coincide sospechosamente con los intereses de quienes ya mandan, deja de ser garantía y se vuelve candado.
La ironía final, casi poética: se invoca la Constitución para salvar la democracia… limitando a los demócratas. Y entonces la libertad, otra vez, queda bien cuidada. Tan bien cuidada que ya no circula.
Como un museo: hermosa, solemne… y prohibido tocar.

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