domingo, 15 de febrero de 2026

> “La humanidad aplaude al más rico, aunque su riqueza nace del despojo de millones.”


Vivimos en una sociedad fascinada por la riqueza. No cualquier riqueza: la extrema, la que se mide en miles de millones, la que parece brotar del ingenio y el esfuerzo individual. 
Nos muestran mansiones, yates, jets privados, trajes de diseñador y relojes que valen más que la vida de cientos de personas. 
Y aplaudimos. 
Nos maravilla. 
La envidiamos. 
La celebramos.

Pero esa admiración no surge de manera natural: es una construcción cultural y económica. El sistema necesita ídolos visibles para legitimar el despojo. La riqueza extrema no se sostiene sola: se alimenta de la pobreza invisible, de la explotación, de la extracción de recursos y de la invisibilización de millones de vidas.

 La riqueza como simulacro

Jean Baudrillard nos enseñó que vivimos en un mundo de simulacros: representaciones que sustituyen la realidad. La riqueza extrema no es solo un hecho económico, sino un espectáculo ideológico. No importa cómo se acumuló, sino que exista como imagen de éxito y poder. La ostentación justifica y normaliza el sistema, distrae del despojo y genera aspiración ciega.

Byung-Chul Han, en sus reflexiones sobre la sociedad neoliberal, explica que esta admiración se refuerza mediante una positividad tóxica: el éxito del rico se presenta como modelo, como prueba de que cualquier esfuerzo personal puede llevarnos a lo mismo. Es un mito que oculta la explotación estructural y perpetúa la ilusión de movilidad social.

 La riqueza extrema y la injusticia

No podemos ignorar a Karl Marx: la riqueza extrema es inseparable de la pobreza de otros. La acumulación del uno significa la privación del otro. La fortuna del magnate no existe en el vacío; se sostiene sobre vidas desposeídas, salarios injustos, recursos robados y oportunidades negadas.

Y, sin embargo, en nuestra cultura, aplaudimos. Idolatramos a quienes concentran el capital, mientras nos acostumbramos a los rostros invisibles de los que carecen de todo. Celebramos el acaparamiento como si fuera mérito, y normalizamos la desigualdad.

 El espectáculo que ciega

La fascinación por el más rico funciona como cortina de humo. Nos distrae, nos hace olvidar la miseria y nos anestesia frente a la injusticia. Mientras seguimos admirando mansiones y jets privados, la más pobre sigue sin nombre, sin rostro, sin historia. La desigualdad se convierte en entretenimiento, y la explotación, en escenario invisible.

 Hacia una mirada crítica

Reconocer este mecanismo no es solo un acto intelectual: es una obligación ética. Si dejamos de aplaudir al acaparador y comenzamos a ver, escuchar y nombrar a los invisibles, estamos dando un paso hacia un mundo más justo. 
La riqueza extrema deja de ser espectáculo y se convierte en un recordatorio incómodo de lo que está mal. 
Y ese recordatorio, si lo atendemos, puede transformarnos.

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