> “La humanidad aplaude al más rico, aunque su riqueza nace del despojo de millones.”
Vivimos
en una sociedad fascinada por la riqueza. No cualquier riqueza: la
extrema, la que se mide en miles de millones, la que parece brotar del
ingenio y el esfuerzo individual.
Nos muestran mansiones, yates, jets
privados, trajes de diseñador y relojes que valen más que la vida de
cientos de personas.
Y aplaudimos.
Nos maravilla.
La envidiamos.
La
celebramos.
Pero esa
admiración no surge de manera natural: es una construcción cultural y
económica. El sistema necesita ídolos visibles para legitimar el
despojo. La riqueza extrema no se sostiene sola: se alimenta de la
pobreza invisible, de la explotación, de la extracción de recursos y de
la invisibilización de millones de vidas.
La riqueza como simulacro
Jean
Baudrillard nos enseñó que vivimos en un mundo de simulacros:
representaciones que sustituyen la realidad. La riqueza extrema no es
solo un hecho económico, sino un espectáculo ideológico. No importa cómo
se acumuló, sino que exista como imagen de éxito y poder. La
ostentación justifica y normaliza el sistema, distrae del despojo y
genera aspiración ciega.
Byung-Chul
Han, en sus reflexiones sobre la sociedad neoliberal, explica que esta
admiración se refuerza mediante una positividad tóxica: el éxito del
rico se presenta como modelo, como prueba de que cualquier esfuerzo
personal puede llevarnos a lo mismo. Es un mito que oculta la
explotación estructural y perpetúa la ilusión de movilidad social.
La riqueza extrema y la injusticia
No
podemos ignorar a Karl Marx: la riqueza extrema es inseparable de la
pobreza de otros. La acumulación del uno significa la privación del
otro. La fortuna del magnate no existe en el vacío; se sostiene sobre
vidas desposeídas, salarios injustos, recursos robados y oportunidades
negadas.
Y, sin embargo,
en nuestra cultura, aplaudimos. Idolatramos a quienes concentran el
capital, mientras nos acostumbramos a los rostros invisibles de los que
carecen de todo. Celebramos el acaparamiento como si fuera mérito, y
normalizamos la desigualdad.
El espectáculo que ciega
La
fascinación por el más rico funciona como cortina de humo. Nos distrae,
nos hace olvidar la miseria y nos anestesia frente a la injusticia.
Mientras seguimos admirando mansiones y jets privados, la más pobre
sigue sin nombre, sin rostro, sin historia. La desigualdad se convierte
en entretenimiento, y la explotación, en escenario invisible.
Hacia una mirada crítica
Reconocer
este mecanismo no es solo un acto intelectual: es una obligación ética.
Si dejamos de aplaudir al acaparador y comenzamos a ver, escuchar y
nombrar a los invisibles, estamos dando un paso hacia un mundo más
justo.
La riqueza extrema deja de ser espectáculo y se convierte en un
recordatorio incómodo de lo que está mal.
Y ese recordatorio, si lo
atendemos, puede transformarnos.
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