jueves, 12 de febrero de 2026

 Desde Hobbes a los neoconservadores, pasando por los esclavistas, la derecha se ha vuelto cada vez más consciente de que cualquier defensa exitosa del viejo régimen debe incorporar a las clases bajas como algo más que meros lacayos o seguidores deslumbrados. Las masas deben ser capaces de ubicarse simbólicamente en la clase dominante o recibir oportunidades reales para convertirse en falsos aristócratas

Corey Robin

Corey Robin está diciendo —sin anestesia y con bisturí fino— algo así:
La derecha aprendió una lección incómoda: no se puede gobernar eternamente solo a punta de palo.
El viejo régimen (jerarquías rígidas, privilegios heredados, obediencia vertical) necesita algo más sofisticado que lacayos resignados. 
Necesita cómplices simbólicos.
De Thomas Hobbes a hoy
Con Hobbes, el orden se justifica por el miedo:
obedece o vuelve la guerra de todos contra todos.
Pero el miedo solo alcanza para sobrevivir, no para amar al amo.
Con el tiempo —esclavismo incluido— la derecha descubre que el dominio más eficaz no es solo coerción, sino identificación:
que el dominado se vea reflejado en el dominante,
que sienta que “algún día podría estar ahí”,
o, al menos, que imagine que ya pertenece.

El truco maestro: aristocracia portátil
Aquí entra el corazón del argumento de Corey Robin:
Las clases bajas ya no son tratadas solo como sirvientes, sino como aspirantes.
No se les promete igualdad real (Dios nos libre),
pero sí estatus imaginario:
pequeño propietario,
consumidor distinguido,
emprendedor heroico,
guardián de la nación,
“clase media” aunque viva ahogada.
Son falsos aristócratas:
no mandan,
no deciden,
pero defienden con pasión un orden que nunca los dejará entrar al salón principal.

La derecha moderna ya no dice “obedece”, dice:
“Esto también es tuyo… si no fuera por esos otros.”
El enemigo deja de ser el señor feudal y pasa a ser:
el pobre más pobre,
el migrante,
el disidente,
el igual que exige igualdad.
Así, el resentimiento se canaliza hacia abajo, nunca hacia arriba.
La pirámide se mantiene intacta; solo se reparte mejor el espejo.

En una frase brutal
La derecha entendió que es mejor gobernar con sueños jerárquicos que con cadenas.
Y que nada es más estable que una multitud defendiendo privilegios que no posee,
pero espera heredar… algún día… cuando el mundo vuelva a “ponerse en orden”.

Poesía negra del poder:
no te doy el trono,
pero te dejo besar la corona.

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