viernes, 26 de diciembre de 2025

 


Ese tipo de escenas son casi un microcosmos perfecto del deterioro político contemporáneo: la sumisión convertida en espectáculo. Vamos a desmenuzarlo.

1. Político que pide intervención extranjera = renunciar a la soberanía

Cuando un diputado —una persona cuya única razón de existir en el cargo es defender la soberanía y el interés nacional— pide la intervención de un gobierno extranjero, ya estamos hablando de alguien que traiciona la función básica del puesto. No importa si es Trump, Biden, Francia o Marte: un representante electo que pide que otro país venga a “arreglar” el suyo está diciendo, en el fondo:

“No puedo, no sé, no quiero. Que otros hagan mi trabajo.”

Eso ya es indignante por sí mismo.

2. Pero luego hacer un baile imitando a Trump…

Eso ya cruza de la traición simbólica al ridículo colonial.

Es como si dijera:
“Intervengan mi país… y además, déjenme hacerles un bailecito para quedar bien.”

Ese gesto no es inocente: es una mezcla de oportunismo mediático y servidumbre simbólica. Es convertir la política en un sketch, donde el diputado juega al fanboy de un líder extranjero para captar likes, aplausos o atención.

3. El mensaje político detrás del show

No es solo que sea ridículo; es peligroso, porque comunica tres cosas:

a) Sometimiento ideológico:
Se pone del lado de un político extranjero antes que del propio país.

b) Falta de dignidad política:
Cuando un gobernante ridiculiza su propio rol, reduce la seriedad del cargo y manda el mensaje de que todo es un juego.

c) Espejo del populismo global:
Muchos políticos se “pegan” a figuras internacionales para armar identidad. Es la política convertida en cosplay:
unos se disfrazan de libertarios, otros de líderes “mano dura”, otros de Trump… y así, en lugar de proyectos, venden personajes.

4. El coraje es legítimo

Porque no es solo que dé pena ajena. Es que rebaja a México.
Rebaja la conversación pública.
Rebaja lo que significa ser diputado.
Y normaliza la idea de que la soberanía puede ponerse en remate si eso da visibilidad en redes.

La política mexicana tiene muchos defectos, pero siempre hubo un límite simbólico: la dignidad ante el extranjero. Cuando incluso ese límite se cruza para hacer un baile ridículo, estamos viendo la degradación cultural del oficio político.

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