martes, 7 de junio de 2022

 Resulta evidente que las conquistas sociales que se obtuvieron en dos siglos de luchas colectivas no estaban aseguradas, como creíamos, y que para recomenzar una nueva etapa de progreso habrá que volver a ganarlas con métodos nuevos, porque las clases dominantes han aprendido a neutralizar los que usábamos hasta hoy. La gran lección que hay que deducir de esta experiencia es que ningún avance social se consigue sin lucha: sin una confrontación que solo puede tener éxito cuando se basa en la conciencia colectiva de que no es lícito resignarse a una situación injusta, sino que estamos obligados a fijar en común unos objetivos de progreso y a luchar por ellos. Pero la formación de la conciencia de los seres humanos depende en gran medida de su capacidad de comprensión de la realidad social en que viven, y esta se encuentra hoy estrechamente condicionada por una información que se recibe esencialmente a través de los medios de comunicación de masas, que se dedican a difundir una visión conformista, tal como conviene a los intereses de sus propietarios. La derecha ha aprendido a usar estos medios para repetir incansablemente tópicos simplistas y metáforas engañosas que se inculcan como verdades de sentido común, y se apresta, por otra parte, a destruir la educación pública, ejercida por un profesorado independiente, para reemplazarla por un sistema administrado como una empresa, en que los enseñantes molestos puedan ser fácilmente silenciados. Es con estos instrumentos que podrá realizarse finalmente el programa de control social que Orwell imaginó en 1984. En el relato de Orwell, O’Brien, que expresaba la lógica del poder, afirmaba que los nazis y los comunistas rusos usaban unos métodos semejantes a los suyos, pero que no podían triunfar, porque «pretendían y quizá lo creían sinceramente» que su finalidad era llegar a establecer una sociedad «donde todos los seres humanos serían libres e iguales». No es este, evidentemente, el objetivo del capitalismo depredador de nuestros días, lo que le permite obrar sin remordimientos: sin que ninguna convicción pueda disuadirle de su propósito de enriquecimiento indefinido a costa de los recursos, los derechos y las libertades de la mayoría.

Josep Fontana

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