Antes bien, probablemente ese honor recaería en la elección de Abdalá Bucaram como presidente del país en 1996. Bucaram, un excomisario de policía, exalcalde y ocasional cantante de rock, que hizo campaña con el apodo que él mismo se puso, el Loco, fue propulsado a una imprevista victoria con una campaña presidencial populista que atacaba a las élites ecuatorianas. Siendo comisario de policía, había alcanzado notoriedad por la forma en que «perseguía a las chicas que llevaran minifalda, apeándose de su moto para rasgarles los dobladillos y alargar las prendas», como informó The New York Times cuando salió elegido. También presentaba, como alcalde, un historial de extorsiones a comercios locales, y en 1990 se había fugado a Panamá para evitar ser imputado por corrupción. Durante la campaña de las elecciones presidenciales, sus estrambóticos mítines y anuncios electorales (en los que a menudo aparecía cantando, acompañado por el grupo musical que le seguía a todas partes) galvanizaron a la clase obrera del país con promesas de que pondría fin a las políticas neoliberales de privatizaciones y austeridad con las que se había comprometido la clase política ecuatoriana. Cosas que habrían acabado con la carrera de otros políticos —en fin, cosillas como que luciera un bigote como el de Hitler y que dijera en cierta ocasión que su libro favorito era Mein Kampf (Mi lucha)— no parece que supusieran un obstáculo a su triunfo. Una vez llegado al poder, los ecuatorianos pobres que le habían votado se quedaron un tanto sorprendidos con el plan económico que desveló a los pocos meses de inaugurar su mandato: un programa neoliberal que ampliaba las privatizaciones y redoblaba la austeridad: justo aquello que confiaban que frenara cuando le eligieron. ¡Ah!, e intentó suprimir el límite de mandatos presidenciales. Y se saltó el guion del discurso en que anunció su política económica para lanzar una larga andanada contra un periódico que se había mostrado crítico con él. A lo largo de su mandato, se mantuvo fiel a su comportamiento excéntrico, como cuando publicó una canción titulada «Un loco que ama», o se reunió con Lorena Bobbit (la mujer que se hizo famosa por cortarle el pene a su marido) o vendió con fines benéficos su bigote a lo Hitler. Además, si los informes de la prensa de la época eran exactos (insisto en que a veces cuesta discernir qué acusaciones son ciertas y cuáles son solo rumores), puso extraoficialmente a su hijo adolescente a cargo del Servicio de Aduanas, y, según se dice, cuando este amasó su primer millón de dólares montaron una fiesta para celebrarlo. Por aquel entonces, el salario mínimo en Ecuador era de treinta dólares al mes, así que no es de extrañar que sentara mal a unos cuantos. No sorprenderá que la opinión pública no tardara en volverse contra Bucaram, promoviendo protestas callejeras masivas contra su Gobierno, ni que fuera denunciado y destituido como presidente transcurridos tan solo seis meses desde su elección, sobre la base de que era «mentalmente incapaz» (con casi total seguridad, eso no era más que un pretexto, pero si uno va y hace campaña con el apodo del Loco, puede que se quede sin mucho margen para la defensa). Además, fue acusado de malversar millones de dólares, y le faltó tiempo para huir —otra vez— y exiliarse en Panamá. De todo esto podemos sacar varias lecciones, pero posiblemente la más importante sea que si alguien se deja un bigote a lo Hitler…, pues quizá haya que tomarlo como una señal de alarma.
Tom Phillips
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