En 2000, un grupo de científicos encabezado por Ingo Potrykus (suizo) y Peter Beyer (alemán) anunció una nueva tecnología para desarrollar genéticamente arroz con beta-caroteno extra (que se convierte en vitamina A al digerirse). Debido al color natural del beta-caroteno, el arroz adquiere una tonalidad dorada que le da nombre. Este arroz está considerado también "dorado" por algunos porque puede aportar importantes beneficios nutricionales a millones de personas pobres en países donde el arroz es el alimento esencial.174 El arroz es muy efectivo nutricionalmente, capaz de mantener a más gente que el trigo, dada la misma superficie de tierra. Pero carece de un nutriente crítico: la vitamina A. Los habitantes pobres de las naciones que consumen arroz tienden a ingerir pocos alimentos más y por lo tanto padecen deficiencia en vitamina A (VAD). En los albores del siglo xxi, se calcula que 124 millones de personas en 188 países de África y Asia están afectadas por la VAD. Se cree que la VAD es responsable de uno o dos millones de muertes, medio millón de casos de ceguera irreversible y millones de casos de la enfermedad que debilita los ojos, la xeroftalmia, todos los años.4:1 En 2001, Potrykus y Beyer causaron controversia vendiendo esta tecnología a la compañía multinacional de farmacéutica y biotecnología Syngenta (a la sazón AstraZeneca).175 Syngenta ya tenía en parte derecho legítimo a esa tecnología, gracias a su financiación indirecta de la investigación a través de la Unión Europea. Y hay que decir a favor de los dos científicos que mantuvieron duras negociaciones con Syngenta para permitir a los agricultores que ganaban menos de 10.000 dólares anuales cultivando arroz dorado emplear la tecnología de forma gratuita. Aun así, algunos consideraron inaceptable la venta de un adelanto "de utilidad pública" tan valioso a una sociedad con fines lucrativos. Respondiendo a las críticas, Potrykus y Beyer dijeron que habían tenido que vender su tecnología a Syngenta debido a las dificultades en la negociación de licencias para las demás tecnologías patentadas que requerían con el fin de hacer funcionar su invento. Argüyeron que, como científicos, sencillamente no disponían de los recursos ni de las aptitudes necesarias para negociar las 70 patentes pertinentes que pertenecían a 32 empresas y universidades distintas. Los críticos contestaron que estaban exagerando las dificultades. Señalaron que hay solo una docena de patentes que son verdaderamente pertinentes para países donde el arroz dorado aportaría las mayores ventajas. Pero la cuestión todavía subsiste. Los tiempos en que la tecnología podía ser desarrollada en laboratorios únicamente por científicos han quedado atrás. Ahora se necesita una legión de abogados para negociar el terreno peligroso de las patentes entrelazadas. A menos que encontremos una solución a este problema, el sistema de patentes puede convertirse de hecho en un obstáculo importante, en vez de un estímulo, para el progreso tecnológico.
Ha Joon Chang
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