Mi colega el psicólogo Nicholas Humphrey utilizó el proverbio de los «palos y piedras» para la introducción de su conferencia de Amnistía Internacional en Oxford, en 1997 (141) . Humphrey comenzó su conferencia arguyendo que el proverbio no siempre es cierto, citando el caso de los creyentes haitianos en el vudú que mueren, aparentemente por algún efecto de terror psicosomático, pocos días después de haber tenido un hechizo maligno sobre ellos. Luego preguntó si Amnistía Internacional, el beneficiario de la serie de conferencias con las que estaba contribuyendo, debería hacer una campaña contra los discursos o publicaciones hirientes o dañinos. Su respuesta fue un rotundo no a tal censura en general: «La libertad de expresión es una libertad demasiado preciosa como para entrometernos en ella». Pero luego vino a conmocionar su liberal carácter propugnando una importante excepción: argumentando a favor de la censura en el caso especial de los niños...
viernes, 26 de marzo de 2021
... la educación moral y religiosa, y especialmente la educación que los niños reciben en casa, donde a los padres se les permite —incluso se espera de ellos— que determinen a sus hijos lo que es verdad o es falso, correcto e incorrecto. Los niños, sostengo, tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición a las malas ideas de otras personas —sin importar quiénes sean esas otras personas—. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen: no tienen derecho a limitar los horizontes del conocimiento de sus hijos, criándolos en una atmósfera de dogma y superstición, o el derecho a insistir en que sigan los estrechos caminos de su propia fe.
En pocas palabras, los niños tienen el derecho de no ver sus mentes confundidas por el sinsentido, y nosotros, como sociedad, tenemos el deber de protegerlos de eso. Por ello no deberíamos permitir más a los padres enseñar a sus hijos a creer, por ejemplo, en la verdad literal de la Biblia o en que los planetas gobiernan sus vidas, de lo que deberíamos permitirles golpear a sus hijos en la boca o encerrarles en una mazmorra.
Por supuesto, una frase tan fuerte requiere, y tiene, mucha cualificación. ¿No es asunto de opinión decir qué es un sinsentido? Los científicos pueden pensar que es un sinsentido enseñar astrología y la verdad literal de la Biblia, pero hay otros que piensan lo contrario y ¿no están autorizados para enseñar eso a sus hijos? ¿No es igual de arrogante insistir en que a los niños debería enseñárseles ciencias?
Agradezco a mis propios padres que tuvieran la idea de que a los niños no había que enseñarles tanto qué pensar, sino cómo pensar. Si, habiendo sido justa y apropiadamente expuestos a las evidencias científicas, crecen y deciden que la Biblia es literalmente cierta o que los movimientos de los planetas rigen sus vidas, ese es su privilegio . El punto importante es que es su privilegio decidir qué van a pensar, y no es el privilegio de sus padres imponérselo por force majeure [108] . Y esto, por supuesto, es especialmente importante cuando pensamos en que los niños serán padres en la siguiente generación, en posición de transmitir cualquier adoctrinamiento que les hubiera modelado.
Humphrey sugiere que, mientras los niños son jóvenes, vulnerables y necesitados de protección, la verdadera tutela moral se manifiesta en un intento honesto de procurar averiguar qué elegirían por sí mismos si fueran lo suficientemente mayores como para hacerlo. Conmovedoramente cita el ejemplo de una joven chica inca cuyos restos de quinientos años de antigüedad fueron encontrados congelados en las montañas de Perú en 1995. El antropólogo que la descubrió escribió que había sido víctima de un sacrificio ritual. Por cuenta de Humphrey, se emitió en la televisión americana un documental sobre esta joven «doncella de los hielos». A los espectadores se les invitó
... a maravillarse por el compromiso espiritual de los sacerdotes incas y a compartir con la chica el orgullo y la excitación que sentiría en su último viaje al haber sido seleccionada para el destacado honor de ser sacrificada.
El mensaje del programa televisivo era, en efecto, que la práctica de sacrificios humanos era en su propia forma una gloriosa invención cultural —otra joya en la corona del multiculturalismo, si se quiere.
Humphrey estaba escandalizado, y yo también.
Así, ¿cómo se atreve alguien incluso a sugerir esto? ¿Cómo se atreven a invitarnos —en nuestros cuartos de estar, viendo la televisión— a sentirnos elevados al contemplar un acto de asesinato ritual: el asesinado de un niño dependiente por parte de un estúpido grupo de hombres mayores engreídos, supersticiosos e ignorantes? ¿Cómo se atreven a invitarnos a que encontremos bueno contemplar una acción inmoral contra otra persona?
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