Desde la calamidad del 11 de septiembre, el público norteamericano apoyaba abrumadoramente la política de Bush de "guerra contra el terrorismo". El Partido Demócrata se sumó a ella, rivalizando con los republicanos acerca de quién podría emplear un lenguaje más duro contra el terrorismo. El New York Times, que se había opuesto a Bush durante las elecciones, editorializó en diciembre de 2001: "El Sr. Bush ha demostrado ser un líder fuerte en tiempos de guerra, y da a la nación un sentido de seguridad durante un período de crisis". Pero la catástrofe humana causada por el bombardeo de Afganistán no estaba siendo transmitida a los norteamericanos por la prensa del mainstream y por las grandes cadenas de televisión, que parecían decididas a mostrar su "patriotismo". El jefe de la cadena de televisión CNN, Walter Isaacson, envió un memo a su equipo: decía que las imágenes de bajas civiles debían ir acompañadas de una explicación de que eran en represalia por albergar terroristas. "Parece perverso concentrarse demasiado en las bajas de Afganistán", dijo. El conocido comentarista televisivo Dan Rather, declaró: "George Bush es el presidente. Si quiere que me enrole, sólo tiene que decirme dónde". El gobierno de los Estados Unidos hizo grandes esfuerzos por controlar el flujo de información desde Afganistán. Bombardeó el edificio de la mayor estación de televisión en el Medio Oriente, AlJazeera, y compró una estación de satélite que estaba tomando fotos de los resultados de los bombardeos. Las revistas de circulación masiva auspiciaron una atmósfera de venganza. Uno de los redactores de Time, bajo el titular "La Razón para la Ira y la Retribución" se pronunció por una política "enfocada a la brutalidad". Un popular comentarista televisivo, Bill O'Reilly, hizo un llamamiento para que los Estados Unidos bombardearan la infraestructura afgana hasta hacerla añicos -el aeropuerto, las termoeléctricas, los acueductos, y las carreteras. Se generalizó el despliegue de banderas norteamericanas en las ventanas de casas, automóviles y tiendas, y a los ciudadanos se les hizo difícil criticar las políticas gubernamentales en una atmósfera de jingoísmo guerrerista. En California, un trabajador telefónico retirado que hizo un comentario crítico sobre Bush, fue visitado por el FBI e interrogado. Una joven se encontró dos hombres del FBl en su puerta. Le dijeron que tenían informes sobre la existencia de afiches en las paredes de su casa criticando al Presidente. El Congreso aprobó la "Ley Patriótica", que otorgó al Departamento de Justicia el poder de detener a residentes simplemente por sospechas, sin acusaciones, sin los derechos de procedimiento provistos en la Constitución. La Ley establecía que el Secretario de Estado podía designar a cualquier grupo como terrorista. Cualquier persona que fuera miembro o hubiera recolectado fondos para esa organización, podía ser arrestada y retenida hasta que fuera deportada. El presidente Bush advirtió a la nación no reaccionar con hostilidad hacia los árabe-americanos, pero de hecho el gobierno empezó a interrogar personas, casi todas musulmanas, y mantuvo a mil o más detenidas sin acusaciones. Un columnista del New York Times, Anthony Lewis, informó del caso de un hombre arrestado por evidencia secreta, y cuando un juez federal dictaminó que no había razón para concluir que constituyera una amenaza para la seguridad nacional, fue liberado. Sin embargo, después del 11 de septiembre el Departamento de Justicia, ignorando el dictamen del juez, lo llevó a prisión nuevamente. Lo mantuvo en confinamiento solitario 23 horas al día y no permitió que su familia lo visitara. Hubo voces minoritarias que criticaron la guerra. Tuvieron lugar en todo el país asambleas de estudiantes y profesores, así como manifestaciones. Las consignas típicas eran "Justicia, No Guerra", y "Nuestro Dolor No Es un Llamamiento a la Venganza". En Arizona, un lugar no demasiado famoso por sus actividades antiestablishment, seiscientos ciudadanos firmaron un anuncio comercial en un periódico con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hicieron un llamamiento a los Estados Unidos y a la comunidad internacional para desviar los recursos para la destrucción de Afganistán y dedicarlos, en cambio, a acabar con los obstáculos que impiden que los necesitados reciban suficientes alimentos. Algunos familiares de los muertos en las Torres Gemelas o en el Pentágono escribieron al presidente Bush. Le urgían a no retribuir la violencia con la violencia, y a no proceder a bombardear al pueblo de Afganistán. Amber Amundson, cuyo esposo, un piloto del ejército, había muerto en el ataque al Pentágono, dijo: "He escuchado una retórica furiosa por parte de algunos norteamericanos, incluyendo muchos líderes de nuestra nación, que aconsejan una fuerte dosis de venganza y castigo. Me gustaría dejarles claro que ni mi familia ni yo estamos de acuerdo con sus palabras de ira. Si ustedes eligen responder esta incomprensible brutalidad perpetuando la violencia contra otros seres humanos inocentes, no podrán hacerlo en nombre de la justicia para mi esposo". En enero de 2002, algunos de los familiares de las víctimas viajaron a Afganistán para reunirse con familias afganas que habían perdido a sus seres queridos durante los bombardeos norteamericanos. Se reunieron con Abdul y Shakila Amin. Su hija de seis años, Nazila, había muerto por una bomba norteamericana. Una de las norteamericanas era Rita Lasar, cuyo hermano fue considerado un héroe por el presidente Bush -había decidido permanecer junto a un amigo parapléjico en uno de los pisos del World Trade Center, en lugar de salvarse él mismo. Lasar dijo que dedicaría el resto de su vida a la causa de la paz. Los críticos argumentaron que el terrorismo tenía su raíz en profundos agravios contra los Estados Unidos, y que si se quería detenerlo, estas causas tenían que ser abordadas. Esos agravios no eran difíciles de identificar: el estacionamiento de tropas norteamericanas en Arabia Saudita, un sitio sagrado para el Islam, los diez años de sanciones contra Iraq que, de acuerdo con las Naciones Unidas, habían causado la muerte de miles de niños; el continuo apoyo norteamericano a la ocupación de Israel de la tierra palestina, incluyendo el otorgamiento de billones de dólares en ayuda militar a los sionistas.
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