El siguiente movimiento de los antiabortistas en el tablero de ajedrez verbal normalmente suele ser algo como esto. La cuestión no es si un embrión humano puede o no puede sufrir en este momento. La cuestión reside en su potencial. El aborto le ha privado de la oportunidad de una vida completamente humana en el futuro. Esta noción se epitomiza por un argumento retórico cuya estupidez extrema es su única defensa contra el cargo de seria deshonestidad. Estoy hablando de la Gran Falacia de Beethoven, que se muestra bajo diferentes formas. Peter y Jean Medawar [96] , en La ciencia de la vida, atribuyen la siguiente versión a Norman St. John Stevas (actualmente, lord St. John), un miembro del Parlamento británico y prominente seglar católico romano. Él, a su vez, la tomó de Maurice Baring (1874-1945), un notable católico romano converso y socio cercano de los incondicionales católicos G. K. Chesterton y Hilaire Belloc. Lo expresa en forma de diálogo hipotético entre dos médicos:
viernes, 26 de marzo de 2021
—Me gustaría saber su opinión acerca de si interrumpir un embarazo como el siguiente. El padre era sifilítico, la madre tuberculosa. De
los cuatro hijos nacidos, el primero era ciego, el segundo murió, el tercero era sordomudo y el cuarto era también tuberculoso. ¿Qué habría
hecho usted?
—Habría interrumpido el embarazo.
—Entonces, usted habría matado a Beethoven.
Internet está plagada de los llamados sitios web «pro vida» que repiten esta ridícula historia y, de paso, cambian premisas factuales con desenfreno gratuito. Aquí hay otra versión. «Si hubieras conocido a una mujer embarazada, que ya tenía ocho hijos, tres de los cuales eran sordos, dos eran ciegos, uno retrasado mental (todo porque ella tenía sífilis), ¿hubieras recomendado que abortara? Entonces habrías matado a Beethoven» (130) . Esta interpretación de la leyenda degrada al gran compositor del quinto al octavo puesto en orden de nacimiento, aumenta el número de sordos a tres y el número de ciegos a dos, y asigna la sífilis a la madre en vez de al padre. La mayoría de los cuarenta y tres sitios web que he encontrado cuando buscaba versiones de la historia se la atribuyen no a Maurice Baring, sino a un tal profesor L. R. Agnew, de la facultad de Medicina de la Universidad de California, en Los Ángeles, de quien se dijo que había presentado el dilema a sus alumnos y les había dicho: «Felicidades, acaban de matar a Beethoven». Podemos dar caritativamente a L. R. Agnew el beneficio de dudar de su existencia —es sorprendente cómo se difunden esas leyendas urbanas—. No he podido averiguar si fue Baring quien originó la leyenda o si fue inventada con anterioridad.
Ciertamente, fue inventada. Es completamente falsa. La verdad es que Ludwig van Beethoven ni fue el noveno ni el quinto hijo de sus padres. Fue el mayor —estrictamente hablando, fue el segundo, pero su hermano mayor murió en su infancia, como era habitual en aquellos días, y no fue, hasta donde se conoce, ciego, sordo, mudo o retrasado mental—. Tampoco hay evidencias de que sus padres tuvieran sífilis, aunque es cierto que finalmente su madre muriera de tuberculosis. Había mucha en aquella época.
De hecho, es una leyenda urbana totalmente inventada, una fabricación deliberadamente diseminada por personas con intereses creados en difundirla. Pero el hecho de que sea mentira está, en cualquier caso, completamente al margen de la cuestión. Incluso aunque no fuera una mentira, el argumento que se deriva de ella es, en efecto, un mal argumento. Peter y Jean Medawar no tenían por qué dudar de la verdad de la historia para resaltar la falacia del argumento: «El razonamiento que reside tras este odioso argumento es impresionantemente falaz porque, a menos que se esté sugiriendo que hay alguna conexión causal entre tener una madre tuberculosa y un padre sifilítico y dar a luz a un genio musical, no es más probable que el mundo se hubiera visto privado de Beethoven por un aborto que por la casta abstinencia de relaciones sexuales» (131) . La lacónicamente desdeñosa desestimación de los Medawar es incontestable (tomando prestada una de las oscuras historias cortas de Roald Dahl, una igualmente fortuita decisión de no abortar en 1888 nos dio a Adolf Hitler). Pero no se necesita mucha inteligencia —o quizá libertad frente a cierto tipo de educación religiosa— para captar la idea. De los cuarenta y tres sitios web «pro vida» que citan una versión de la leyenda de Beethoven que el buscador Google me mostró el día que escribía esto, ni uno solo razonaba la ilógica del argumento. Cada uno de ellos (a propósito, todos ellos son sitios religiosos) se tragan el anzuelo de tal falacia. Incluso uno de ellos reconoce a los Medawar (escrito Medavvar) como fuente. Tan ansiosas están todas esas personas de creer una falacia que esté de acuerdo con su fe, que incluso no perciben que los Medawar han citado el argumento para expresar su sorpresa más absoluta.
Como los Medawar apuntaron correctamente, la conclusión lógica del argumento del «potencial humano» es que, potencialmente, cada vez que rechazamos la oportunidad de mantener relaciones sexuales, privamos a un alma humana del regalo de la existencia. ¡Cada rechazo a una oferta de copulación por un individuo fértil es, según esta estúpida lógica «pro vida», equivalente al asesinato de un niño potencial! Incluso resistirse a una violación puede representarse como el asesinato de un bebé potencial (y, a propósito, hay muchos de esos defensores «pro vida» que niegan el aborto a mujeres que han sido brutalmente violadas). El argumento de Beethoven tiene, podemos verlo claramente, una lógica muy mala. Su idiotez surrealista se resume mejor en esa espléndida canción Todo esperma es sagrado, cantada por Michael Palin, con un coro de cientos de niños, en la película de los Monty Phyton El sentido de la vida (si no la ha visto, por favor, hágalo). La Gran Falacia de Beethoven es un ejemplo típico del tipo de confusión lógica en el que nos metemos cuando nuestras mentes están ofuscadas por el absolutismo religiosamente inspirado.
Nótese ahora que «pro vida» no significa exactamente «pro vida» totalmente. Significa «pro vida- humana». La concesión de derechos especiales únicamente a células de la especie Homo sapiens es difícil de reconciliar con el hecho de la evolución. ¡Lo cierto es que esto no preocupará a todos aquellos antiabortistas que no comprenden que la evolución es un hecho! Pero déjenme explicar brevemente un argumento para beneficio de los activistas antiaborto, quienes pueden ser menos ignorantes sobre ciencia.
La cuestión evolutiva es muy simple. La humanidad de una célula embrionaria no puede conferirle ningún estatus moral absolutamente discontinuo. No puede, por nuestra continuidad evolutiva con los chimpancés y, más lejanamente, con toda especie del planeta. Para comprender esto, imaginemos que una especie intermedia, digamos el Australopithecus afarensis, tuvo la oportunidad de vivir y fue descubierto en un remoto lugar de África. ¿Contarían como «humanos» esas criaturas, o no? Para un consecuencialista como yo, la cuestión no merece respuesta, porque nada cambia con ella. Es suficiente con saber que estaríamos fascinados y honrados al encontrar a una nueva Lucy. Los absolutistas, en el otro extremo, deben responder la cuestión para aplicar el principio moral de garantizar a los humanos un estatus único y especial porque son humanos. A la hora de la verdad, necesitarían posiblemente crear tribunales, como aquellos del apartheid en Sudáfrica, para decidir si un individuo particular debería «aprobar para ser humano».
Incluso aunque pudiera intentar darse una respuesta clara para el Australopithecus, la continuidad gradual que es una característica inevitable de la evolución biológica nos dice que debe haber algo intermedio que estaría lo suficientemente cerca del límite como para difuminar el principio moral y destruir su absolutismo. Una forma mejor de expresar esto es que no hay límites naturales en la evolución. La ilusión de un límite está creada por el hecho de que sucedió que los intermedios evolutivos se extinguieron. Por supuesto, podría argumentarse que los humanos son, por ejemplo, más capaces de sufrir que otras especies. Esto bien podría ser cierto, y deberíamos legítimamente dar a los humanos un estatus especial en virtud de ello. Pero la continuidad evolutiva muestra que no hay una distinción absoluta. La discriminación moral absolutista está tremendamente minada por el hecho de la evolución. Una difícil concienciación de este hecho podría, incluso, minar uno de los principales motivos que tienen los creacionistas para oponerse a la evolución: temen a lo que creen que son sus consecuencias morales. Están equivocados; pero, en cualquier caso, es verdaderamente muy extraño pensar que una verdad acerca del mundo real pueda ser tergiversada por consideraciones de lo que debería ser moralmente deseable.
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