jueves, 4 de marzo de 2021

 El año 404 el espartano Lisandro, con el apoyo de los persas, limpió el Egeo de atenienses y entró triunfante con su flota en el vencido puerto del Pireo. Atenas quedó en una completa bancarrota: su ejército, su escuadra, su economía, su hegemonía, todo había sido barrido. Casi una decada después, los enemigos de Esparta empezaron a dar señales de vida, formando una enorme coalición. Atenas salió beneficiada, pues los otros estados le pidieron su ayuda y pudo la ciudad reconstruir su antiguo poder y rehacer su prestigio. Pero aunque en política exterior había indiscutible reactivación, internamente no dejaba de sentir los terribles efectos de la guerra, que había sido muy larga y había desgastado las energías de la ciudad: la población disminuida, campos devastados, masas rurales empobrecidas, que se concentran en la ciudad, el comercio y la producción reducidos al mínimo. Como se ve, las trágicas secuelas de las guerras son conocidas desde muy antiguo y, sin embargo, los seres humanos reiteramos cada siglo los mismos errores. En ese tiempo, como en otras realidades del siglo XXI, reinaba el desaliento y se exacerbaba el egoísmo. La gente no pensaba más que en el lucro y en vivir lo mejor posible. Los ricos tendían a desentenderse de las cargas que suponían los tributos al estado, los impuestos, las prestaciones y el servicio militar, inventando toda clase de excusas para librarse de todo lo que les suponía sacrificio personal o económico. ¿ Les resulta conocida esa descripción o se cree que en estos tiempos las cosas son diferentes?. La plebe, por su parte, reducida a la miseria, era la peor tratada por las circunstancias políticas. La diferencia de clases se había acentuado en gran manera y el pueblo bajo sólo pensaba en ir al teatro con la entrada que le pagaba el estado, y en luchar contra los ricos. En estas condiciones un sistema político basado en la democracia, estaba forzosamente condenado al fracaso más rotundo, pues la base de la democracia es la honradez, buena voluntad, responsabilidad individual, conciencia ciudadana y competencia de los individuos, cualidades muy difíciles de tener en situaciones tan precarias para los pobres y tan oportunistas para los ricos. El sentimiento democrático del siglo V A.C. había descendido entre el pueblo ateniense, ya que los poderosos, preocupados sólo por su dinero y sin el menor sentido ciudadano, no acudían ya a las asambleas, que habían sido la escuela principal de política en Atenas, por lo que hubo que remunerar a los asistentes, si no se quería ver los escaños vacíos. El pueblo, la masa, acudía aunque nada más fuera para percibir el dinero que se le daba y esa circunstancia hacía que la Asamblea pudiera ser dominada por demagogos que con su palabra dominaban la Asamblea y la hacían votar a su capricho, quien adoptando las decisiones más descabelladas y contrarias al interés del mismo pueblo que era engañado y arrastrado de una decisión a otra, a capricho y gusto del orador. La verdad es que esta descripción podría aplicarse, dos mil quinientos años después, a muchos países en distintos continentes aunque, en el lenguaje moderno, hablamos de los riesgos de gobernabilidad y cohesión social que afectan a pueden afectar a muchos pueblos, agravados por el mal uso que puede hacerse de los medios de comunicación modernos.

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