martes, 30 de marzo de 2021

 En 1962 Giséle Halimi, una abogada francesa de varios argelinos que habían sido brutalmente violados y torturados en prisión, escribió exasperada: “Las palabras eran los mismos clichés rancios: desde que la tortura se usa en Argelia se han usado esas mismas palabras, la misma expresión de indignación, las mismas firmas de protestas públicas, las mismas promesas. Esta rutina automática no ha destruido ni un solo juego de electrodos ni una sola manguera; tampoco ha disminuido ni de forma remotamente efectiva el poder de aquellos que los usan”. Simone de Beauvoir, escribiendo sobre el mismo tema, se mostró de acuerdo: “Protestar en nombre de la moral contra "excesos" o "abusos" es un error que sugiere complicidad activa. No hay "abusos" o "excesos" aquí, simplemente un sistema que lo abarca todo”. Lo que quería decir es que la ocupación no podía realizarse de una forma humanitaria. No hay ninguna forma humanitaria de gobernar a la gente contra su voluntad. Hay solo dos opciones, escribió Beauvoir: aceptar la ocupación y todos los métodos necesarios para implementarla, “a menos que se rechacen no meramente algunas prácticas específicas, sino el objetivo superior que las ampara y para el que resultan esenciales”. Hoy esa dura elección se produce en Irak y en Israel y Palestina, y esa dura elección era la única opción en el Cono Sur en los años setenta. Igual que no existe ningún modo amable y bondadoso de ocupar un país contra la voluntad de su pueblo, no hay ninguna forma pacífica de arrebatarles a miles de ciudadanos lo que necesitan para vivir con dignidad, que es exactamente lo que los Chicago Boys estaban decididos a hacer. El robo, fuera de tierras o de modo de vida, requiere el uso de la fuerza o al menos una amenaza creíble de violencia. Es por eso por lo que los ladrones llevan armas y a menudo las usan. La tortura es asquerosa, pero muchas veces es un medio racional de conseguir un objetivo específico, quizá incluso el único medio de conseguirlo. Se plantea entonces una cuestión más profunda, una pregunta que muchos en aquellos tiempos en América Latina no podían formular. ¿Es el neoliberalismo una ideología inherentemente violenta, hay algo en sus objetivos que exija el ciclo de brutal purificación política seguida por las operaciones de limpieza de las organizaciones de derechos humanos?

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