Hace tiempo vi una extraordinaria película de Emir Kusturica sobre la desaparición de Yugoslavia. Me impresionó el desgarro con que muestra la crueldad de ese exterminio. Y cuando miré a esos seres en su inmundo subsuelo, sosteniendo con su dolor la vida de individuos mezquinos y despiadados, sentí que era la gran metáfora de este tiempo en que algo de la humanidad del hombre se está eclipsando. Una sensación similar me volvió a sobrecoger una tarde, mientras viajaba en tren. Entró una mujer esmirriada, de tez morena, que, con un acordeón destartalado, hacía sonar una música lúgubre. Sobre su pecho llevaba colgado un cartel donde explicaba que había tenido que escapar de Rumania. Escuché su melodía, y me detuve a observar a esa mujer sin patria y sin hogar, sin importar si provenía de Rumania, de Bosnia o de la ex Yugoslavia. Era únicamente un ser errante, como los miles de refugiados en el mundo, o los Sin Tierra de Brasil, o los que desesperadamente intentan huir de la desvalida Albania. Una entre los millones cuya intemperie nos hace responsables. Son aquellos que desconocen ideologías o estadísticas sociológicas, pero que saben bien que ellos no cuentan en la historia. Cuando ya se alejaba hacia el siguiente vagón, me encontré con la mirada triste de una chiquita que cargaba sobre sus espaldas. Me hizo pensar en lo que está sucediendo: un mundo que parece marchar hacia su desintegración, mientras la vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta humanidad.
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