domingo, 28 de febrero de 2021

 Gracias al descubrimiento del Nuevo Mundo, los filósofos como Rousseau supieron que había personas que vivían sin jerarquías sociales, sin monarquías ni aristócratas hacendados y a veces incluso sin asentamientos ni ciudades. No tardaron mucho en deducir que tal debía de ser la condición «natural» de la humanidad y que las grandes civilizaciones del mundo, con sus complicadas jerarquías sociales y sistemas de privilegio, representaban una terrible distorsión del orden natural. De este modo, Rousseau llegó a la conclusión de que la sociedad era un gigantesco fraude, un sistema de explotación que los fuertes habían impuesto a los débiles. Estaba convencido de que la supuesta civilización había «puesto grilletes a los pobres y fortalecido a los ricos, destruido sin remedio la libertad natural, establecido para siempre las leyes de la propiedad y la desigualdad, convertido la usurpación en un derecho irrevocable y sometido a la humanidad entera al trabajo, el servilismo y la miseria para enriquecer a un pequeño grupo de hombres ambiciosos». Como crítica devastadora de la sociedad, no tiene desperdicio. Después de leerla, Voltaire no pudo por menos de escribir a Rousseau: «He recibido su último libro contra la humanidad y le doy las gracias por él. Jamás se había empleado tanta inteligencia en demostrar que somos todos idiotas. A uno le entran ganas, al leer el libro, de ponerse a andar a gatas. Pero como hace más de sesenta años que perdí esa costumbre, me entristece no poder retomarla. Tampoco puedo marcharme a vivir con los salvajes del Canadá, porque las enfermedades a las que estoy condenado me obligan a disponer de un médico europeo». Sin embargo, pese a la trascendencia de sus palabras, la intención de Rousseau no era condenar a la humanidad ni recomendar el regreso a la vida salvaje. Su obra sobre el contrato social dejaba claro que no se oponía al orden social en sí ni al imperio de la ley. Se oponía al modelo jerárquico que dicho orden había adoptado en su propia sociedad. Lo que le enfurecía era la perversión del orden natura! y la subsiguiente explotación social. Es decir, pese a lo devastador de su acusación, la crítica de Rousseau iba dirigida contra una clase social concreta a la que consideraba enemiga: la aristocracia. Además, consideraba a la población -la gran masa- como su aliada natural en la lucha. Los movimientos sociales que su obra desencadenó (anteriores y coetáneas a la Revolución Francesa) no fueron rebeliones anárquicas contra la sociedad en general. Iban dirigidos concretamente contra las clases gobernantes (motivo por el cual a fines del siglo XVIII casi toda la aristocracia francesa estaba muerta u oculta). Incluso los anarquistas del siglo XIX no eran realmente anarquistas en el sentido moderno del término. No se oponían al orden social, ni eran individualistas. En muchos casos, ni siquiera querían eliminar el Estado. Simplemente se oponían a la imposición del orden social por la fuerza y al militarismo del primer Estado-nación moderno surgido en Europa. La premisa más radical del Catecismo revolucionario de Mijaíl Bakunin, uno de los documentos básicos del anarquismo político, defiende el federalismo voluntario como principio de la organización nacional, junto con el sufragio universal de ambos sexos. De hecho, el célebre anarquista Bakunin fue el primero en hablar de los «Estados Unidos de Europa». Por tanto, aunque se condenara el trasfondo manipulador de la sociedad en su conjunto, nadie tenía dudas en cuanto a quién controlaba a quién. En los siglos XVIII y XIX, el objetivo de los activistas y pensadores radicales no era eliminar el juego, sino nivelar el terreno donde se desarrollaba la acción. De ahí el carácter marcadamente populista que tenía la política radical del primer periodo moderno. El objetivo era espolear a las masas contra sus gobernantes. Pero en la segunda mitad del siglo XX, la política radical dio un giro significativo. En vez de un aliado, se empezó a considerar al pueblo como un ente sospechoso. En poco tiempo el pueblo -es decir, la sociedad convencional- pasó a ser el problema, no la solución. Mientras que los grandes filósofos de la Ilustración habían despotricado contra la «obediencia» tachándola de actitud servil impulsora de la tiranía, los radicales empezaron a juzgar la «conformidad» como un vicio mucho mayor.

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