El debate nacional está hoy centrado –después de la captura de La Tuta- en la candidatura plurinominal por el PRI de la actriz Carmen Salinas
Martes 3 de marzo de 2015
Érase que se era un actor un tanto taciturno que apenas despuntaba en Hollywood, portavoz comercial de los productos de General Electric y que llegó a ser el presidente de la Sociedad de Actores de los Estados Unidos.
Ese personaje, de filiación Demócrata, se mudó cuando tenía 51 años al Partido Republicano desde donde dos años después, a los 53 años, ganó la nominación y la elección para gobernar California.
En dos ocasiones -1968 y 1973- perdió la nominación para ser candidato presidencial por los Republicanos. Pero nunca cesó en su empeño y logró la postulación en 1980.
A los 69 años se convirtió en el presidente con mayor edad en pisar por primera vez la Casa Blanca.
Los potentados y los intelectuales le cuestionaban sus dotes políticas, considerando que no era un egresado ni de Harvard, Stanford o Yale, sino de Eureka College.
Pero ese presidente de los Estados Unidos, que en su primera elección derrotó al entonces presidente demócrata Jimmy Carter, se convirtió en uno de los mejores y más queridos mandatarios en la historia de la Unión Americana.
Su nombre: Ronald Wilson Reagan. El mismo que entre muchos méritos relanzó a los Estados Unidos a una era de prosperidad con su Reaganomics y que fue pieza fundamental para echar abajo el Muro de Berlín y sepultar la llamada Guerra Fría.
Viene esta historia a cuento, porque en política es fácil prejuzgar y etiquetar a quienes aspiran a cargos de elección popular.
El debate nacional está hoy centrado –después de la captura de La Tuta- en la candidatura plurinominal por el PRI de la actriz Carmen Salinas.
Para potentados e intelectuales, las mismas estirpes que en su tiempo menospreciaban las cualidades políticas del actor Ronald Reagan, es un insulto que una actriz popular sea postulada para ser legisladora.
Olvidan que en primer lugar, Carmelita –como se le conoce de cariño en el medio artístico- es una ciudadana con todos sus derechos para votar y ser votada.
Su popularidad no es obra de la casualidad. Es una mujer sin dobles caras, que habla el lenguaje del pueblo, que conecta, porque su decir y su actuar están llenos de eso, de lo que carecen la mayoría de los políticos: de sentido común.
¿Es un pecado que el PRI postule a una mujer como Carmen Salinas porque no es erudita, ni de la UNAM o del Tecnológico de Monterrey? Para nada. La mujer tiene cualidades que ya desearían muchos políticos.
Y al final del día lo primero que se necesita para gobernar es ganar una elección. Y para eso se necesitan votos. Y no duden que Carmelita se los dará… y a manos llenas.
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