La oportunidad del Congreso popular para México
29 de enero del 2014
Guadalupe Lizárraga
La cuestión central de nuestro tiempo es una ciudadanía activa. En su definición más simple, un ciudadano es el individuo que pertenece a una comunidad política. Esto es que goza de prerrogativas y tiene responsabilidades cívicas. Ya Rousseau señalaba que sólo el «ciudadano activista» podía ser al mismo tiempo libre y moral en la búsqueda de la felicidad pública.
Los mexicanos tenemos escasa experiencia en esto de ser responsables en la vida pública, porque se nos ha obligado a asumir la experiencia de ciudadanía de manera pasiva, supuestamente protegidos por las leyes, muy en la noción feudal, en la condición de siervo. Esto nos ha llevado a tolerar una clase política arrogante e inepta para frenar su avaricia por sí misma, y a tolerar en silencio sus atropellos y su corrupción. Pero dicen que no hay mal que dure cien años, y nosotros ya vamos a cumplirlos con una clase política formada en el cuño tradicional del priismo. De todos es sabido que la alternancia en el poder se ha reducido a acuerdos sexenales que contravienen el interés público.
No obstante, la derrota de la ciudadanía como tal no sería lo peor, sino nuestra incapacidad de percibir esta derrota. Y hoy lo tenemos claro, o al menos así lo percibimos con la necesidad de crear las condiciones que nos permiten elaborar colectivamente nuestra identidad, que nos estimula a generar vínculos comunicativos, que nos ayuda a redefinir nuestro pasado y a rescatar el presente hundido en la miseria y la violencia.
Éste es el llamado a instalar el Congreso popular, porque el imperativo vital de toda democracia radica en la calidad de participación de sus ciudadanos para conducir la vida pública. Y el que sea una cuestión central no responde a un juicio de valor, sino a un requisito fundamental que hoy nos exige la crisis de gobernabilidad por la que atraviesa nuestro país con un gobierno impuesto como el de Enrique Peña Nieto y un Estado de derecho inexistente.
La primera idea implícita en el Congreso popular es la de la emancipación ciudadana. Convoca a romper las ataduras corporativas y clienterales con los partidos simuladores de democracia. Estimula la creación de una estrategia para desarticular las redes de corrupción y fraude en la representación de liderazgos políticos inducido patológicamente por el Estado. Abre la posibilidad de diversificar las acciones colectivas y el debate público, construye nuestra autonomía y nos libera de la sumisión ante la oligarquía de partidos.
Una segunda cuestión a la que nos conduce el llamado al Congreso popular es a modificar nuestra percepción de que los ciudadanos no poseemos capacidad de influencia ni inteligencia para participar en la toma de decisiones gubernamentales, de la que presuntamente somos beneficiarios. Se trata de eliminar de la mente colectiva la idea de que el gobierno es nuestro “patrón” y nos manda a todos los ciudadanos, y todavía tenemos que pagarle, mientras despoja a su antojo los recursos de la nación.
Definitivamente, una ciudadanía activa e integrada en un Congreso de esta naturaleza rompe con la inercia del silencio y la sumisión. Nos permite percibirnos como parte de un ente imprescindible en la conducción de nuestro destino colectivo, y ello despierta no sólo nuestra inteligencia, sino también una consciencia de valentía y bienestar público no paternalista. Es la idea de generar una identidad social basada en la organización autónoma; y no en la fantasía de que sólo la organización partidista de tipo corporativo puede contribuir a resolver los problemas de todos.
La aprobación de reformas sin consenso popular, la discrecionalidad del poder político, el disimulo y la deformación del marco legal del régimen, la inestabilidad constitucional, la corrupción como forma de funcionamiento del Estado, son parte de los problemas que la clase política normaliza y ha generado con gran cinismo. De ahí la necesidad de transformarnos en ciudadanía activa para recuperar los espacios de poder y deliberación pública y así construir verdades nuevas, porque nos resistimos a la derrota y al saqueo legalizado. Los ciudadanos tenemos una existencia propia y nos resistimos a seguir siendo ignorados por la clase política.
Las oportunidades en la vida personal, según reza el refrán, las pintan calvas. Con mayor razón en la vida colectiva. Por largas décadas hemos dejado ir oportunidades que pudieron habernos forjado otro presente, pero hoy la historia nos dice que la única certidumbre que podemos tener es que algo debe cambiar en México, y ya. No podemos dejar pasar más tiempo.
El Congreso popular representa lo posible. Una forma de resistencia civil pacífica que nos permite intentarlo con más inteligencia. No escucharlo, no verlo, no intentarlo, es quedarnos en el abismo de la ignorancia fatal, ésa que nos destruye no por haber perdido la batalla, sino por no haberla siquiera enfrentado.
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