miércoles, 24 de septiembre de 2025

 Franco y Díaz: la memoria dividida de dos dictaduras


Las naciones no solo se construyen con carreteras, leyes y discursos: se sostienen, sobre todo, con relatos. Y esos relatos —como espejos colectivos— deciden qué figuras se exaltan y cuáles se condenan al silencio o al desprecio. En España y en México, los dictadores Francisco Franco y Porfirio Díaz representan dos formas distintas de ese pulso con la memoria.

España: Franco, el dictador que aún divide

En España, la figura de Franco es un fantasma que no termina de irse. Su dictadura, larga y férrea (1939–1975), dejó tras de sí miles de desaparecidos, represión política y una modernización económica desigual. Sin embargo, casi medio siglo después de su muerte, la sociedad española sigue polarizada: para la mayoría, Franco es el símbolo de una herida abierta; para una minoría nada despreciable representa orden, estabilidad y la “unidad de España”.

Un dato revelador: según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS, 2019), un 12 % de los españoles afirmó tener una opinión “muy buena o buena” de Franco, y un 32 % “regular”, lo que muestra que más de cuatro de cada diez encuestados no lo rechazan de manera frontal.

El traslado de sus restos del Valle de los Caídos en 2019 fue más que un acto simbólico: fue un recordatorio de que España no tiene un consenso pleno sobre su pasado. La Ley de Memoria Democrática (2022) busca zanjar la cuestión, pero cada gesto oficial se convierte en campo de batalla política. Franco no es solo historia: es munición ideológica.

México: Díaz, el dictador maldito por la Revolución

Porfirio Díaz, en cambio, habita otro destino en la memoria mexicana. Su largo régimen (1876–1911, con intervalos), marcado por “orden y progreso” pero también por desigualdad brutal y represión campesina, quedó condenado por el triunfo de la Revolución de 1910. El nuevo Estado construyó su legitimidad sobre el mito de haber derribado al dictador.

En la Encuesta Nacional de Cultura Política (INEHRM, 2010), realizada en el marco del Bicentenario, el 75 % de los mexicanos encuestados opinó negativamente sobre Díaz, mientras que solo un 9 % lo valoró de forma positiva. A nivel popular, su figura quedó fijada como el villano que la Revolución derrotó.

Hoy, la mayoría de mexicanos lo recuerdan con rechazo. Solo algunos historiadores o voces aisladas (como Enrique Krauze en Siglo de Caudillos) rescatan su papel en la modernización, la construcción de ferrocarriles y la estabilidad económica. Pero la memoria popular está marcada a fuego por la narrativa revolucionaria. Nadie en México reivindica públicamente a Díaz como Vox o ciertos sectores sí hacen con Franco en España.

Dos memorias, dos heridas

La diferencia es clara:

En España, la memoria de Franco sigue siendo un campo de batalla vivo, con bandos enfrentados en la política actual y un 10–15 % de apoyo explícito.

En México, la memoria de Díaz fue clausurada por la Revolución: casi ocho de cada diez lo rechazan y su imagen quedó fijada como la de un dictador sin redención posible.

Ambos países cargan con sus fantasmas, pero mientras España se desgarra aún por el recuerdo, México lo encierra en un mito único, sin espacio para ambigüedades.

Reflexión final

La memoria no es neutra. Se construye para educar, para legitimar, para dividir o para unir. España lidia con la dificultad de tener un pasado reciente que sigue siendo parte del presente político. México, en cambio, impuso un relato oficial que dejó poco margen a la pluralidad de interpretaciones.

Al final, tanto Franco como Díaz nos recuerdan que un dictador no muere cuando se entierra su cuerpo, sino cuando la sociedad decide qué hacer con su recuerdo.

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