Franco y Díaz: la memoria dividida de dos dictaduras
Las
naciones no solo se construyen con carreteras, leyes y discursos: se
sostienen, sobre todo, con relatos. Y esos relatos —como espejos
colectivos— deciden qué figuras se exaltan y cuáles se condenan al
silencio o al desprecio. En España y en México, los dictadores Francisco
Franco y Porfirio Díaz representan dos formas distintas de ese pulso
con la memoria.
España: Franco, el dictador que aún divide
En
España, la figura de Franco es un fantasma que no termina de irse. Su
dictadura, larga y férrea (1939–1975), dejó tras de sí miles de
desaparecidos, represión política y una modernización económica
desigual. Sin embargo, casi medio siglo después de su muerte, la
sociedad española sigue polarizada: para la mayoría, Franco es el
símbolo de una herida abierta; para una minoría nada despreciable
representa orden, estabilidad y la “unidad de España”.
Un
dato revelador: según una encuesta del Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS, 2019), un 12 % de los españoles afirmó tener una
opinión “muy buena o buena” de Franco, y un 32 % “regular”, lo que
muestra que más de cuatro de cada diez encuestados no lo rechazan de
manera frontal.
El
traslado de sus restos del Valle de los Caídos en 2019 fue más que un
acto simbólico: fue un recordatorio de que España no tiene un consenso
pleno sobre su pasado. La Ley de Memoria Democrática (2022) busca zanjar
la cuestión, pero cada gesto oficial se convierte en campo de batalla
política. Franco no es solo historia: es munición ideológica.
México: Díaz, el dictador maldito por la Revolución
Porfirio
Díaz, en cambio, habita otro destino en la memoria mexicana. Su largo
régimen (1876–1911, con intervalos), marcado por “orden y progreso” pero
también por desigualdad brutal y represión campesina, quedó condenado
por el triunfo de la Revolución de 1910. El nuevo Estado construyó su
legitimidad sobre el mito de haber derribado al dictador.
En
la Encuesta Nacional de Cultura Política (INEHRM, 2010), realizada en
el marco del Bicentenario, el 75 % de los mexicanos encuestados opinó
negativamente sobre Díaz, mientras que solo un 9 % lo valoró de forma
positiva. A nivel popular, su figura quedó fijada como el villano que la
Revolución derrotó.
Hoy,
la mayoría de mexicanos lo recuerdan con rechazo. Solo algunos
historiadores o voces aisladas (como Enrique Krauze en Siglo de
Caudillos) rescatan su papel en la modernización, la construcción de
ferrocarriles y la estabilidad económica. Pero la memoria popular está
marcada a fuego por la narrativa revolucionaria. Nadie en México
reivindica públicamente a Díaz como Vox o ciertos sectores sí hacen con
Franco en España.
Dos memorias, dos heridas
La diferencia es clara:
En
España, la memoria de Franco sigue siendo un campo de batalla vivo, con
bandos enfrentados en la política actual y un 10–15 % de apoyo
explícito.
En México, la
memoria de Díaz fue clausurada por la Revolución: casi ocho de cada diez
lo rechazan y su imagen quedó fijada como la de un dictador sin
redención posible.
Ambos
países cargan con sus fantasmas, pero mientras España se desgarra aún
por el recuerdo, México lo encierra en un mito único, sin espacio para
ambigüedades.
Reflexión final
La
memoria no es neutra. Se construye para educar, para legitimar, para
dividir o para unir. España lidia con la dificultad de tener un pasado
reciente que sigue siendo parte del presente político. México, en
cambio, impuso un relato oficial que dejó poco margen a la pluralidad de
interpretaciones.
Al
final, tanto Franco como Díaz nos recuerdan que un dictador no muere
cuando se entierra su cuerpo, sino cuando la sociedad decide qué hacer
con su recuerdo.
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