La política «basada en la fe», en vez de «basada en la realidad», de la administración de George W. Bush llevó una conocida actitud estadounidense hasta el punto de la locura. La realidad es un pesimista a cuyas palabras traicioneras no hay que prestar atención. Como la verdad con frecuencia es desagradable, debe ser sometida por la voluntad inquebrantable. Esta clase de optimismo no se distingue fácilmente de la enfermedad mental. Una alegría así es una forma de la renuncia psicológica. Pese a su enérgico vigor, en realidad no es más que una evasión moral. Es la enemiga de la esperanza, que es necesaria precisamente porque es posible confesar lo grave que es la situación. Por el contrario, la confianza que impulsa al optimista a esperar también le conduce a subestimar los obstáculos para abordarla, por lo que su seguridad no le sirve de nada. El optimismo no se toma la desesperanza lo suficientemente en serio. Al parecer, el emperador Francisco José señaló que mientras que en Berlín las cosas eran serias pero no desesperadas, en Viena eran desesperadas pero no serias.
Terry Eagleton
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