jueves, 19 de febrero de 2026

 Cuando el Estado estorba: solidaridad espontánea vs autoridad

Hay una escena que se repite después de cada gran desastre: mientras la gente común organiza rescates, comparte agua y carga escombros con las manos desnudas, las autoridades llegan con sirenas, uniformes y órdenes. A veces ayudan. A veces coordinan. Pero en no pocas ocasiones, interfieren.

En A Paradise Built in Hell, Rebecca Solnit expone una paradoja incómoda: en muchos desastres, el problema no es la ausencia del Estado, sino su reacción basada en el miedo. Miedo a la desorganización, miedo al saqueo, miedo —sobre todo— a que la gente descubra que puede actuar sin pedir permiso.

I. El impulso natural: ayudar

Cuando ocurre una catástrofe, lo primero que aparece no es el caos, sino la cooperación. Personas sin entrenamiento formal rescatan heridos. Vecinos que no se conocían se convierten en brigadistas. Cocinas improvisadas alimentan a cientos. Se crean redes de información antes de que llegue cualquier institución.

Esto no es romanticismo: es observación histórica. Desde el terremoto de San Francisco de 1906 hasta el huracán Katrina, la constante es la ayuda mutua.

Y aquí surge una pregunta incómoda: si la gente puede coordinarse así en la emergencia, ¿qué impide que lo haga en la normalidad?

II. El reflejo autoritario

Ante el desastre, muchos gobiernos actúan bajo una premisa heredada del imaginario hobbesiano: sin control, la sociedad colapsa. Por eso la respuesta inmediata suele ser militarizar, imponer toques de queda, priorizar la vigilancia sobre la asistencia.

Tras el huracán Katrina en 2005, el discurso oficial en Estados Unidos no fue “organicemos ayuda”, sino “detengamos el saqueo”. Se enviaron tropas armadas antes que suministros suficientes. Se difundieron rumores de violencia masiva que luego resultaron exagerados o falsos.

El problema no fue solo la incompetencia logística, sino la narrativa. Se trató a las víctimas como potenciales criminales.

El mensaje implícito era claro: el ciudadano es sospechoso.

III. Cuando la autoridad frena la solidaridad

Solnit documenta casos donde autoridades bloquearon iniciativas comunitarias por no estar “autorizadas”. Voluntarios desplazados. Cocinas cerradas. Redes de ayuda desmanteladas por no cumplir protocolos. La prioridad no era la eficacia inmediata, sino el control formal.

¿Por qué ocurre esto?

Porque la ayuda espontánea es horizontal. No tiene jerarquía clara. No responde a una cadena de mando. Y eso incomoda a estructuras construidas sobre la verticalidad.

La catástrofe revela algo inquietante para el poder: que muchas formas de cooperación no necesitan supervisión constante. Que la obediencia no es el único principio organizador.

IV. El miedo del poder a la autoorganización

En el desastre, desaparecen momentáneamente las divisiones de clase, las competencias económicas, el aislamiento urbano. Aparece una comunidad funcional basada en la necesidad compartida. Es una experiencia intensa, casi utópica.

Y ahí está el verdadero problema.

Si las personas descubren que pueden organizarse sin intermediarios, que pueden resolver problemas sin esperar órdenes, entonces el monopolio simbólico del Estado como único garante del orden se debilita.

No se trata de abolir al Estado ni de idealizar el caos. Se trata de reconocer que el monopolio absoluto sobre la organización social es una ficción conveniente.

V. ¿Es el Estado siempre el enemigo?

Aquí conviene matizar. El Estado no es intrínsecamente obstructivo. Puede coordinar recursos a gran escala, reconstruir infraestructura, prevenir riesgos futuros. El problema surge cuando su lógica prioriza el control sobre la cooperación.

El desastre exige flexibilidad. Pero las instituciones están diseñadas para la estabilidad y la jerarquía. Esa rigidez puede volverse un obstáculo en momentos que requieren creatividad social.

El conflicto no es “Estado vs pueblo”, sino “control vs confianza”.

VI. Lo que la catástrofe revela

Las grandes tragedias muestran algo inesperado: que la sociedad no se sostiene solo por leyes y sanciones, sino por vínculos invisibles de cuidado mutuo. Cuando todo lo demás cae, esos vínculos permanecen.

La pregunta que deja flotando Solnit es inquietante:
¿y si el orden que creemos indispensable no es tan indispensable como pensamos?

Quizá el Estado no estorba por existir, sino cuando olvida que la comunidad no es una amenaza que domesticar, sino una fuerza que potenciar.

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