Edmund Burke fue un irlandés con peluca del siglo XVIII que entendió el poder antes de que el poder se pusiera corbata moderna.
Un filósofo político, sí, pero sobre todo un estilista del miedo al cambio: el hombre que le dio al conservadurismo su primer gran poema en prosa.
Nació en 1729, murió en 1797 y pasó la vida mirando a la Revolución francesa como quien ve a un incendio y dice: “eso empezó por mover los muebles”. Para Burke, la sociedad no era un contrato entre vivos, sino un pacto
entre los muertos, los vivos y los que aún no nacen. Traducción: no
toques nada, que la casa tiene memoria y se venga.
Defendía la tradición, la costumbre, el prejuicio heredado —sí, el prejuicio, sin rubor— porque creía que la razón humana sola es miope, nerviosa y un poco peligrosa.
Defendía la tradición, la costumbre, el prejuicio heredado —sí, el prejuicio, sin rubor— porque creía que la razón humana sola es miope, nerviosa y un poco peligrosa.
La ilustración le parecía un adolescente con cerillos:
brillante, pero inflamable.
Ojo: no era un reaccionario burdo. Apoyó a los colonos americanos contra la Corona británica y denunció los abusos del Imperio en la India.
Ojo: no era un reaccionario burdo. Apoyó a los colonos americanos contra la Corona británica y denunció los abusos del Imperio en la India.
No odiaba la libertad; odiaba que se creyera
autofundada, desnuda de historia, flotando como globo sin cuerda.
Su obra más famosa, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), es una elegía furiosa: lirismo gótico contra guillotinas geométricas.
Su obra más famosa, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), es una elegía furiosa: lirismo gótico contra guillotinas geométricas.
Ahí
nace el conservadurismo moderno como sensibilidad: la defensa de la
jerarquía, el orden, la lentitud, el miedo elegante al pueblo cuando
descubre que puede gobernar.
Burke fue, en resumen, el hombre que dijo: la igualdad es un experimento, la tradición es una advertencia, y el cambio… mejor con freno de mano.
Un poeta del pasado, un crítico del futuro, y el abuelo serio de todos los que hoy dicen: “sí, pero no tan rápido”.
Burke fue, en resumen, el hombre que dijo: la igualdad es un experimento, la tradición es una advertencia, y el cambio… mejor con freno de mano.
Un poeta del pasado, un crítico del futuro, y el abuelo serio de todos los que hoy dicen: “sí, pero no tan rápido”.
Feliz,
feliz… no. Burke no era de sonrisas fáciles. Pero cómodo, quizá. Como
quien entra a una casa ajena, ve desorden y dice: “no es mi estilo, pero
al menos no están quemando el edificio”.
Con
Milei, Burke frunciría el ceño. Demasiado martillo, poca porcelana.
El
liberalismo como motosierra le parecería una revolución con traje de
mercado: mucho gesto iconoclasta, mucha demolición moral, poca
reverencia por las instituciones que —para Burke— no se improvisan como
memes.
Milei grita “tabula rasa”; Burke responde: “eso termina en
escombros”.
Con Meloni, la cosa cambia.
Ahí vería
algo más familiar: nación, tradición, familia, continuidad histórica.
Burke asentiría lentamente, como quien reconoce una melodía antigua. Aun
así, desconfiaría del nacionalismo estridente: para él, la tradición no
es cosplay romano ni épica de plaza pública, sino costumbre vivida,
silenciosa, casi aburrida.
Y Trump… ah, Trump.
Burke lo miraría como se mira a un incendio populista con gorra.
Defendería su intuición contra las élites ilustradas, sí, pero
detestaría su vulgaridad, su desprecio por las formas, su goce en
humillar instituciones.
Burke amaba la jerarquía con etiqueta; Trump la
pateó en horario estelar. Demasiado plebeyo para un aristócrata del
orden.
En resumen:
Milei: demasiado revolucionario para un antirrevolucionario.
Meloni: la más “burkeana”, pero con exceso de decibeles.
Trump: intuición conservadora, ejecución carnavalesca.
Burke no querría abolirlos. Tampoco marcharía con ellos.
Los
usaría como prueba empírica de su tesis favorita: cuando el orden se
siente amenazado, el conservadurismo vuelve… pero no siempre con buenos
modales.
El viejo Edmund levantaría la ceja,
tomaría nota, y murmurarÍa, con poesía seca: el miedo al cambio sigue
vivo, aunque ya no sepa hablar en latín.
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